CAPITULO XXVII.
La escuela.

Charla que charla llegamos á la calle Federal. Frente á nosotros, sobre un montecillo que dominaba la ciudad y la campaña, alzábase altivamente un edificio de grande apariencia,—una torre cuadrada flanqueada de dos alas. Si hubiera estado en un pais civilizado, habria dicho: “Es la caserna de la jendarmería ó la casa de la prefectura.” En aquel pueblo sin policía y sin gobierno, era el palacio del Abcdé,—era la escuela! Una nacion puede ser juzgada por sus monumentos.

—Y bien, doctor, me dijo Humbug, cómo hallais el palacio de nuestra juventud?

—Muy hermoso exteriormente, le contesté; pero muy mal arreglado. Veo allá arriba unos muchachones de quince años y unas chiquillas de poco mas ó menos que entran todos á un tiempo; eso no es propio. En toda escuela bien organizada se separan los dos sexos; es una precaucion de la que parece no teneis idea siquiera.

—Dos entradas para niños que van á estudiar en la misma sala, dijo Humbug? Para qué?

—En la misma sala! esclamé, pensais en ello? Es el colmo de la inmoralidad.

—No veo de inmoral sino vuestra imajinacion, repuso Humbug riendo. Nuestros niños, querido doctor, son niños honestos; entre nosotros no se halla sino:

Virgines lectas, puerosque castos.