—Qué tiene de sorprendente? repuso el jóven ministro. Creeis que en un pais como el nuestro se anda preguntando qué es lo que hace la grandeza de las naciones? En una República, en un Estado donde el pueblo es soberano, es menester vencer la ignorancia ó ser muerto por ella; no hay término medio: Para educar á un pueblo que cree en la verdad y que la ama, nuestros políticos no han hallado sino un medio,—ilustrarlo: esto es, hacer del mas insignificante ciudadano un hombre bastante instruido para que no lo engañen, bastante prudente para gobernarse á sí mismo.
—Y habeis resuelto el problema?
—Sí, dijo, el problema fué resuelto el dia en que tuvimos escuelas tan bien atendidas y tan completamente gratuitas, que ningun padre se atrevió ya á rehusarnos sus hijos. Cuando el comun dá todo, hasta los libros, el papel y las plumas, quién sería bastante loco ó suficiente culpable para no aprovecharse de la munificencia nacional, y condenar sus hijos á la ignorancia y la miseria?
—Supongo, le dije, que la educacion es obligatoria. Despues de semejantes sacrificios, el Estado tiene derecho de obligar á las jentes á instruirse. El no puede sufrir brutos en la sociedad.
—Hemos rechazado toda coaccion, repuso el jóven pastor. No porque háyamos dudado de nuestro derecho; pero hemos tenido miedo de adherir á un beneficio una idea odiosa. La multa y la prision harian odiar nuestras escuelas; dejamos esas durezas para los gobiernos que se curan mas de la obediencia que del amor de los ciudadanos. Hacer á la educacion universal es toda la cuestion, y hemos llegado á ese fin exelente sin tocar la libertad. Nuestras escuelas, abiertas á todos los niños hasta de edad de diez y seis años, seducen y atraen aun á los mas rebeldes. En la Nueva Inglaterra, no hallareis un solo ciudadano, nacido en el pais, que no haya recibido instruccion de nosotros.
—Bravo! esclamé, hé ahí una obra que hace el mayor honor á los cristianos de América.
—La política gana con ello, no menos que la religion, repuso; hemos llegado á un resultado que debe sorprender á los modernos. Mediante la perfeccion de nuestras escuelas, hemos restablecido, sin saberlo, la educacion comun, tan querida de los antiguos. Nuestra enseñanza es bastante elevada para preparar al hijo del rico á entrar al colejio; es bastante simple para no asustar al hijo del pobre, bastante sustancial para ponerle en estado de ocupar su puesto en la sociedad, sin que nunca tenga que ruborizarse de su ignorancia. Aquí es donde toda la juventud (comprended bien esta palabra; toda la juventud), viene á aprender la lectura, la escritura, la aritmética, la jeometria y el dibujo. Añadimos un poco de jeografia, de historia, de física y de química; y no tememos hablarles de moral y de política á esos niños. Esplicámosle la constitucion de su pais; son ciudadanos. Gracias á la riqueza y solidez de nuestras lecciones, el hijo del millonario viene á instruirse al lado del peon irlandés. Apercibo allí á una de las hijas de Green, jugando con la hija de una pobre vendedora de frutas de la calle de los Nogales. Aquí es donde reina la verdadera igualdad, la igualdad en todo, la igualdad que eleva; aquí se fomenta el patriotismo y el amor á la libertad. Formar una jeneracion, es formar un pueblo; hé ahí nuestra divisa, hé ahí lo que hace de nuestras escuelas un lugar querido de todos y sagrado para todos.
—Eso es bueno y grande, esclamé; pero perdonadme un escrúpulo final. Instruyendo así á los hijos del pueblo, no temeis inspirarles á la vez una ambicion perversa? No os parece que echais en la sociedad hombres descontentos de su suerte,—llenos de deseos y necesidades superiores, á su condicion?
—Esa es una vieja objecion, que desde hace mucho tiempo no tiene curso en América. Vuestros temores serian fundados, si nosotros abandonáramos á nuestros hijos desde que salen de la escuela; pero pensad que nuestra sociedad y nuestro gobierno son dos escuelas que no se cierran jamás. Y, ademas, todos los hombres ilustrados que tenemos se hacen un honor y un placer en instruir á los ciudadanos. Ved sino nuestras paredes cubiertas de avisos; no hay noche en que no haya alguna lectura pública, literaria, científica. La luz nos innunda; es menester ser dos veces ciego para quedarse ignorante. Al lado de esa enseñanza libre, colocad la Iglesia, siempre activa, y esas mil reuniones en las que ricos y pobres se encuentran asociados sin cesar, para obras de propaganda y de caridad. Agregad la vida política que remueve todas las ideas y fecundiza todas las almas. Finalmente, y en primera línea, poned la prensa; es decir, la palabra pública que no se agota nunca. No hay una Iglesia, una asociacion, un cuerpo, un individuo que no tenga su diario; hasta los niños tienen el suyo: el Child’s Paper, fundado hace cuatro años, tiene ya cien mil lectores, el mas viejo de los cuales no cuenta quince años. Quién puede resistir á esa marea que siempre sube? Quién puede escapar á esa oleada de civilizacion que empuja á la humanidad hácia un porvenir mejor?
—Así, sois un pueblo de sábios?