—No, dijo sonriendo. La erudicion como las artes en hija de las naciones viejas, todavia no la poseemos. Nosotros somos unos advenedizos; necesitamos un siglo quizá antes de tener esos ócios que permiten una cultura desinteresada; pero me atreveré á decirlo,—somos el pueblo menos ignorante que haya visto el sol. Mirad á nuestro alrededor; aquí no hay paisanos, sino arrendatarios; aquí no hay jornaleros, sino artesanos. Al salir de su herreria, el obrero se pone un frac negro, y vá á escuchar una lectura sobre Washington ó sobre los descubrimientos de Livingston, en Africa. Su vecino, el joyero, irá á trabajar en una escuela de dibujo, ó seguirá un curso de química. Apesar de sus manos ennegrecidas, ambos son unos caballeros; aman los placeres del espíritu tanto como vos podeis amarlos. Id al Oeste, entrad en alguna log house[61] perdida en el fondo de los bosques; sereis recibido por la mujer del azadonero; la vereis amasando el pan ó batiendo la manteca. Esperad la noche, esa misma mujer se pondrá al piano, hablará con vos de política, de moral, y quizá de metafisica. La lectura del Cocinero Perfecto no le impide el apreciar á Emerson, ni el saborear á Channing. No damos á todos la riqueza material, aunque el bienestar sea mas fácil de conquistar en América que en todo otro pais; pero á todos les ofrecemos esa riqueza que no teme el orin, ni á los ladrones; ponemos al alcance del pobre esos goces intelectuales que, en toda edad y condicion, son una fuerza y un consuelo. Haciendo eso, creemos cumplir con la palabra divina, llevar los hombres á Dios, cultivando su espíritu y su corazon.

Yo miraba aquel hombre con una emocion de que no era dueño; jamás he visto brillar en una cara humana tanto entusiasmo y tanta fé. Para Naaman la ciencia y la relijion eran un doble nombre de la verdad; ambas llenaban su corazon; á entrambas las amaba con el mismo amor.

—Amigo, esclamé, me habeis vencido. Héme aquí como San Pablo en el camino de Damasco, herido por la luz y escuchando la voz que me grita: “Es duro dar coces contra el aguijon.” Me rindo, mis ojos se abren; veo y admiro la grandeza de este pais. Qué vida intensa! El corazon, el pensamiento, todo está en accion; nada de inconvenientes, nada de barreras! el hombre es dueño de su destino; tiene la felicidad y la virtud en sus manos. Aquí no hay mentira oficial,—la verdad es quien reina; nada de preocupaciones, ni de trabas, en todas partes resuena el grito de un pueblo embriagado de esperanza: Adelante! adelante hácia un mundo donde la miseria será curada, donde la fuerza será abatida; donde el espíritu reinará. Estoy orgulloso de ser ciudadano de este hermoso pais. Viva la libertad! vivan los Estados Unidos! viva la gran república!

Mi voz fué ahogada por un redoble de tambor seguido de timbales retumbantes. Dos zuavos entraron en la escuela; el uno corrió hácia Susana y le tomó cariñosamente las manos,—Alfredo; el otro me saltó al cuello,—era mi Enrique.

Padre, me dijo, los del Sud han pasado el Potomac; Washington está amenazado; movilizan nuestras milicias, llaman á los voluntarios; esta noche partimos. Venid pronto,—mi madre os espera.


CAPITULO XXVIII.
La partida de los voluntarios.

Seguido de mis hijos, salí de aquella apacible morada, donde al fin habia sorprendido el secreto de la grandeza norteamericana. La ciudad habia cambiado de aspecto; las casas estaban embanderadas. En cada ventana, el estandarte federal, ajitado por el viento, desplegaba sus fajas rojas y azules y sus treinta y cuatro estrellas como una protesta muda en favor de la union. Acá y allá, un inmenso cartelon anunciaba el desastre del ejército federal, y llamaba á los ciudadanos á socorrer la patria en peligro. Batallones armados marchaban por las calles al son de clarines y tambores. Las Iglesias estaban llenas de voluntarios que invocaban el Dios de sus padres antes de marchar al combate. En todas partes, los cantos guerreros se mezclaban á los himnos relijiosos; padres, madres y hermanos acompañaban á los jóvenes milicianos animándoles. Tomábanse las manos, lloraban y se abrazaban, alzando los brazos al cielo. Era aquello el fervor de una cruzada!

Llegué á mi casa muy ajitado. Como buen parisiense, he vivido y crecido en medio de los tumultos y de la guerra civil; son recuerdos que me entristecian, pero allí, en aquel entusiasmo que empujaba á todo un pueblo á las armas, habia algo de tan noble y de tan grande, que me sentí exaltado.