Ni los peligros que Enrique y Alfredo afrontaban me daban miedo; una voz secreta me impelia á partir con ellos. No tenia yo tambien, un hogar y una familia que defender? La América, donde poseía esos bienes tan queridos, no era mi patria?
A mi puerta hallé á todo un rejimiento de zuavos formado de los voluntarios del barrio. El viejo coronel Saint-John habia sido izado sobre un caballo blanco, y el bravo veterano olvidaba sus reumatismos y sus heridas para guiar á los jóvenes al combate. Al lado del coronel, Rose, vestido de capitan, marchaba acompañado de sus ocho hijos y de cuatro hermosos jóvenes hijos de Green. Fox, convertido en teniente, estaba en medio de un grupo; peroraba, jesticulaba, y no respiraba sino sangre y carniceria. Su cuello postizo y su tabaquera no se armonizaban muy bien con su uniforme, y en cualquiera otra ocasion me hubieran hecho reir; pero hablaba con tanto fuego, que le hallé el aire marcial. Habia en él otra cosa que un soldado de profesion; era un ciudadano decidido á morir por su pais.
—Vecino, me dijo Rose, contamos con vos; toca á los viejos dar el ejemplo. Necesitamos un cirujano para nuestro rejimiento de zuavos, y os han nombrado por unanimidad; solo nos falta vuestro consentimiento.
—Lo teneis, esclamé; sí, mis buenos amigos, parto con vosotros; allí estaremos para velar por nuestros hijos, y cuando necesario sea, haremos fuego con ellos. Viva la Union! Viva la Patria!
Este grito fué repetido en todas las filas, y á él se mezcló el de ¡viva Daniel! ¡viva el mayor! Las aclamaciones de aquella brava juventud, me hicieron cosquillas hasta en el fondo del corazon; entré en mi casa la frente altiva y la miraba brillante. Una vida nueva se despertaba en mi alma,—yo era feliz!
Jenny, anegada en lágrimas, se echó en mis brazos sin intentar siquiera conmover mi coraje. Parecíale muy natural que el padre acompañara al hijo, y que solo las mujeres se quedáran en la casa. Susana estaba no menos resuelta; veíase en su palidez que se hallaba profundamente conmovida; sus labios rogaban y sus ojos se alzaban al cielo; pero no dijo una palabra que pudiera turbar á Alfredo, pareciendo ocupada unicamente en preparar nuestra partida. Mujeres queridas! ellas tambien comprendian el deber y amaban la patria.
Algunas horas bastaron para procurarme un uniforme de cirujano. Rose me regaló una balija exelente; compré revolvers, un sable, un caballo, y á las tres estuve pronto; debiamos partir á la noche.
Hasta entonces no habia reflexionado, la furia Francesa me habia arrebatado. Pero en el momento de dejar aquella casa, en la que tantos dias felices y tan bien aprovechados habia pasado,—esperimenté no sé que tristeza; parecíame que una vez partido no volveria. Y si volvia, volverian conmigo mi Enrique, y aquel Alfredo al que ya amaba como á un hijo?
Procuraba deshechar aquellos tristes pensamientos, que, siempre rechazados, me asaltaban sin cesar, cuando el viejo coronel entró en mi casa. Su vista me hizo bien; era uno de esos bravos soldados, pródigos de su sangre, aváros de la ajena; no podiamos tener un jefe mas honorable ni mas seguro.
—Coronel, le dije despues de haber recibido sus felicitaciones,—hénos solos, puedo hablaros sin rebozo. Aquí para entre nosotros, decidme, qué caso haceis de estas nuevas levas? Bella cosa es el entusiasmo, pero qué es al lado del ejercicio y de la disciplina? Apesar del valor de esos buenos jóvenes, esos batallones se desharán al primer fuego.