—Paciencia, mayor, repuso el veterano. Yo soy menos severo que vos, y sin embargo he hecho la guerra toda mi vida. Dos meses, detras de los fuertes de Washington cambiarán esos voluntarios en soldados. La disciplina es mucho sin duda, pero es un oficio al alcance del mas ignorante. Lo que no se dá, es el corazon, la fé, el amor á la patria. Ahí es donde está el resorte supremo por mas que digan los que arrastran sable. Para manejar la bayoneta es menester un brazo vigoroso y hábil; pero el alma es la que hace la fuerza del brazo. Algunos años de guerra y de sufrimiento bastan para hacer la educacion de un pueblo y poner á los dos enemigos en el mismo punto. Entonces queda la enerjía moral; ella es la que tiene la última palabra; y, es por esto que los mejores ejércitos son los que se componen de ciudadanos.
—Perdonadme, coronel, le dije, creia que nada valia lo que los viejos soldados.
—Error; repuso Saint John. En una revista ó en una parada, es posible; en la guerra es distinto. Buenos cuadros, soldados jóvenes y jenerales viejos,—hé ahí lo que se necesita. Para marchar sin quejarse, para obedecer sin murmurar, para desafiar el peligro, alta la cabeza para marchar á la muerte sonriendo,—no hay sino la juventud. Cuanto mas intelijente, piadosa y patriótica es esa juventud, tanto mas se puede contar con ella. En la vieja Europa se tienen otras ideas; allí reina todavia la preocupacion y la adoracion de la fuerza bruta. Aquí, la civilizacion nos ha ilustrado. La victoria pertenecerá siempre al jeneral que, en el momento decisivo, eche sobre un punto dado mayor número de batallones. Pero en condiciones iguales, un soldado jóven y patriota valdrá mas que un mercenario envejecido en el oficio. Ved la guerra de Crimea; ciertamente que los veteranos rusos é ingleses se han batido bien; pero á quien pertenece la corona? A los conscriptos franceses, esos heroicos hijos arrancados al arado por un dia, paisanos la víspera, ciudadanos al dia siguiente! Hé ahí nuestro modelo, hé ahí tambien lo que haremos de nuestros jóvenes americanos.
—Pero no teneis jenerales, le dije; vuestro pais es una tierra pacífica que, hasta el presente, ha producido mas agricultores y comerciantes que Césares.
—Estad tranquilo, repuso el coronel, tendreis jenerales, y mas de los que querreis. La guerra es como la caza, un oficio muy ordinario; en que ciertas jentes descuellan desde el primer dia. Tal que es hoy dia herrero, mecánico, abogado, médico quizá, mañana se despertará jeneral en el campo mismo de batalla. Abrid la historia; hay épocas estériles en que las letras, las artes, la industria están muertas; no hay ninguna en que hayan faltado soldados. El hombre tiene instintos de cazador, sanguinarios que la paz comprime; pero que no destruye. Venga la guerra, y tendreis héroes, y haga el cielo que el pueblo los estime en su justo valor, y que no les sacrifique su libertad.
—Verdaderamente, coronel, le dije, vos hablais de la guerra con poco respeto.
—Es que la he hecho, dijo tristemente, y sé lo que vale ese juego sangriento. Que los retóricos tranquilamente sentados en el rincon de la lumbre, se diviertan en celebrar los combates y la gloria,—yo me encojo de hombros ante esas paradojas; la guerra es el mayor de los azotes, el enemigo del trabajo y de la libertad, la ruina de la civilizacion. Mal haya aquellos cuya ambicion desencadena sobre la tierra esa peste abominable; pero malditos sean tres veces los que atentan á la patria con mano parricida! Que Dios nos ayude, y les haremos pagar caro su crímen. La guerra es tambien el castigo del orgullo y de la locura; cruel leccion que no se comprende sino cuando es tarde yá.
El ruido de los clarines nos anunció la hora del adios. Bajé teniendo de la mano á Enrique y Alfredo. Jenny nos abrazó á los tres con el valor de una mujer y de una madre cristiana. Susana silenciosa y ajitada, nos dió á cada uno una Biblia, que no debia separarse un momento de nosotros. Marta habia preparado un sermon profético, pero la pobre dió un terrible solloso á la primera palabra, y tomando á Enrique en sus brazos, como á un niño, le inundó de lágrimas y de besos. Yo la estreché la mano, ella me saltó al cuello, y fué medio estrangulado que monté á caballo.
Al mismo tiempo acudió Zambo ataviado ridículamente; habíase puesto un cinturon encarnado y azul, un sombrero con plumas y un sable que arrastraba por el suelo.
—Amo, gritó, llevadme con vos, yo soy bravo. Tengo la piel negra y la sangre colorada. Si no me matan antes de la victoria, los derrotaré á todos.