—Bravo gritó la voz, estoy vengado. Ahora, en camino para Francia; á Paris!

Sentí una mano que apartaba mi capote y se deslizaba bajo mi capucha. Me levanté sobresaltado, quise gritar, esfuerzo inútil! estaba magnetizado. Un brazo invisible me cojió de la única mecha de cabellos que quedaba en mi frente calva, y me llevó por los aires con una espantosa rapidez.

No habia vuelto aun de mi tan natural emocion, cuando me hallé cerniéndome por el cielo como un pájaro y revoloteando por arriba de mi casa. El traidor que me habia quitado la palabra, teniéndome siempre suspendido, me hizo descender hasta la ventana del locutorio[63]. Apercibí en aquel recinto querido, reunidos en derredor de una mesa de trabajo,—á mi Jenny, á mi Susana y á Marta; el pobre Zambo sentado en el suelo sollozaba en un rincon. Susana leia el Evanjelio con voz entrecortada. Jenny y Marta rompian jénero y hacian hilas.

Mi corazon las llamó y las bendijo. Jenny levantó en el acto la cabeza.

—Susana, dijo temblando, me parece oir á tu padre; estoy segura que en este momento piensa en nosotros.

—Mamá, repuso Susana, que estraño es lo que decís; tengo el mismo presentimiento.

—Es un efecto magnético, murmuró Jonatás, riendo de una manera siniestra. Qué decís de esta esperiencia, sabio doctor?

—Dios mio! dijo Jenny, levantándose, tú que me has dado á Daniel y que me has dicho le amára, protéjele, te lo suplico. Aleja de él y de mis hijos el peligro y la muerte. Pero ante todo, Señor, hágase tu voluntad y bendito sea el tu nombre.

—Amén, dijo Susana; amén dijo Marta, y las tres mujeres se pusieron á llorar, mientras que Zambo se metia un pañuelo en la boca para sofocar sus gritos.