Oh, mis amores! Yo os abria mis brazos cuando por segunda vez una fuerza irresistible me lanzó en el espacio sin fin. En un abrir y cerrar de ojos la gran ciudad desapareció de mi vista y con ella sus luces vacilantes; despues de la ciudad se evaporaron los campos y los prados, los bosques y la tierra; solo oí el soplo del viento y los jemidos de la onda. Como en el fondo de un abismo, apercibí las olas temblando bajo los pálidos rayos de la luna; estaba á diez mil piés de altura sobre la superficie del Océano.

—Charlemos ahora, dijo el espantoso brujo cerniéndose sobre mí como un águila que tiene en sus garras un pichon. Doctor Lefebvre, os devuelvo la palabra; dadme ahora el placer de gozar de vuestra conversacion.

—Mónstruo, esclamé, cuánto tiempo he de ser tu víctima?

—Mi buen amigo, repuso fisgando, permitidme decíros que no sois político. Tutear á un hombre á quien se ha visto dos veces es cosa grosera, algo mas, una torpeza; me bastaria abrir los dedos para precipitaros en las olas, y no pienso que la jendarmería Francesa, con toda su vijilancia, pudiera prestaros aquí el menor socorro. Sed pues amable, y divertidme. Estoy cansado, he perdido mucho fluido, y me es difícil hacer mas de cien leguas por hora; no estaremos en Paris antes de mañana al amanecer. Todavia tenemos que vivir juntos una noche; el tiempo está hermoso y la ruta es agradable; séamos amigos y charlemos.

De qué se puede hablar en las nubes sino de metafísica.

—Señor Jonatás, dije tomando mi mas respetuosa voz, creeis en Dios?

—Dios, esclamó, con tono de profesor, y como si repitiera una leccion, Dios es una vieja palabra; es la personalizacion del idealismo.

—Hablad Francés, esclamé.

—Sea, dijo, Dios, es la idealizacion de la personalidad.