Nada mas fácil, repuso Jonatás; remontemonos hasta Sirio, que brilla allá arriba por sobre nuestras cabezas, allí vereis una de las estaciones que debeis habitar algun dia. No ha mucho tiempo que visité á Washington.
—La oferta era como tentar á un curioso; pero el maldito brujo ya se habia burlado de mí; desconfiaba de su májia.
Temiendo los disgustos de un nuevo viaje, rehusé, é hice mal en rehusar; era aquella una ocasion que quizá no se me volveria á presentar.
—Llegarémos pronto? pregunté á Jonatás.
—Hé ahí una pregunta poco amable, me dijo. Mirad abajo; no veis en el mar una lucesita. Es el fanal de la Arabia, que salia de Boston, el dia en que os conduje á América; te hallas aun á medio camino de Europa; todavia tenemos que hacer doscientas leguas, ó sea seis horas de camino.
Suspiré y no hablé mas.
—Mi buen amigo, dijo el odioso májico, estais muy áspero. Si no amais la discusion, si la metafísica os ataca los nervios, escojed algun asunto familiar, que nos permita ponernos de acuerdo. Habladme de política.
—Qué pensais de la esclavitud? esclamé; qué pensais de la guerra fratricida que destroza los Estados Unidos?
A este respecto, las jentes de bien no tienen sino una sola opinion; supongo que detestais el despotismo, que aborreceis la esclavitud, no es verdad, señor espiritista, y que sin duda respetais una alma inmortal, cualquiera que sea la piel que la cubre?