—Sin duda, querida amiga, la dije; dadme luz, por piedad, este cuarto es una tumba.

Jenny entreabrió las cortinas y llamó á Susana, que asomó muy despacio la cabeza á la puerta, y se detuvo para mirarme con ojo inquieto.

—Y bien, señorita, la dije alegremente, no besais hoy á vuestro padre?

En lugar de echarse en mis brazos, acercóseme con paso tímido y me tomó la mano llorando.

—Cómo os sentís, papá? murmuró.

—Muy bien, hija mia, salvo la fatiga y la emocion del viaje.

—Ah! dijo Susana.—Ah! dijo Jenny.

Habia en aquel grito un acento tan estraño, que alternativamente miré á mi mujer y á mi hija; sus rostros estaban alterados.

—Qué teneis? les pregunté. Qué tengo que pueda alarmaros?