—Amigo mio, dijo Jenny, os ruego que guardeis silencio, así lo ha recomendado el doctor Olybrius.

—Quién es el doctor Olybrius? No es ese fátuo que ha hecho un grueso volúmen sobre la “Cuaresma considerada bajo el punto de vista de la hijiene y de la navegacion”. Qué hay de comun entre ese pedante de sacristia y yo?

—Daniel, repuso Jenny, con tono seco, el doctor Olybrius es el médico que todo el mundo consulta. Hace ocho dias que tiene por vos los cuidados de un cofráde y de un amigo.

—Ocho dias! grité sentándome en la cama. Estais soñando, hija querida? Cómo puede haberme cuidado en Paris vuestro doctor, siendo así que estábamos en América?

—Escuchadme, Daniel, dijo mi mujer con voz conmovida, escuchadme sin interrumpirme; va en ello vuestra salud, vuestra vida quizá.

—El mártes pasado, hace ocho dias, habeis vuelto á casa en un estado deplorable. Habiais consultado no sé qué charlatan; y si he de creerle al doctor, aquel hombre os ha hecho tomar una pocion de opio, ó de hatchis que debia mataros. La fuerza de vuestra constitucion, nuestros cuidados quizá os han salvado. Toda la semana habeis estado en un letargo completo ó en un delirio espantoso. Habeis tenido visiones terribles, que mas de una vez nos han hecho temer por vuestra razon. Hoy volveis á delirar, el doctor Olybrius lo habia predicho; pero añadiendo que esta vuelta á la salud exijía los mayores cuidados; que, segun todas las apariencias, necesitaríais de algun tiempo para sacudir todos vuestros sueños y acostumbraros de nuevo á la vida real, y que en una crísis semejante el reposo y el silencio eran de absoluta necesidad.

Al oir aquello miré á mi vez con espanto á mi mujer. Qué significaba aquella fábula, referida con tanta seguridad? Yo estaba seguro de haber estado en América; un cérebro Francés jamás habria imajinado lo que yo habia visto; por otra parte, el delirio es incoherente y no deja recuerdos. Pero si Jenny habia estado en Francia mientras yo vivia en Massachusetts, quién era pues, esa Jenny Americana, á quien estrechaba con tanta ternura sobre mi corazon? Sería bígamo sin sospecharlo? Habia dos Susanas y dos Enriques, el uno en Paris de Francia y el otro en Paris de América? Era yo doble? Tenia una sola alma en dos cuerpos? Qué confusion! Qué caos!

Maldito Jonatás! murmuré, que el diablo te lleve, y al espiritismo contigo! Vaya un lindo embarazo en el que me encuentro!

De repente la verdad me hirió, y me reproché el haber escuchado á mi mujer, siquiera un instante. No me habia dicho Jonatás que solo yo conservaria la memoria, y que mi familia se haría Yankee de nacimiento? Todo se esplicaba de la manera mas natural; Jenny era el juguete de una ilusion. Si alguien soñaba en mi casa no era yo, era mi mujer. Esta reflexion tan simple me volvió el valor y mi dignidad.

—Querida mia, le dije á Jenny, no os fieis en las apariencias. Vuestro Olybrius es un tonto; yo no he estado nunca enfermo, la prueba la teneis en que mi pulso no tiene mas que sesenta y cinco pulsaciones, en que me muero de hambre, y en que, con vuestro permiso, voy á levantarme y á almorzar. Por toda respuesta mi mujer se anegó en lágrimas: es un modo de razonar que Aristóteles ha hecho mal de olvidar; representa un gran papel en la retórica conyugal: un marido exitado está medio vencido.