Susana, como hija bien criada no dejó de encarecer á su madre, y se colgó de mi pescuezo sollozando: Papá! gritó, mi papacito, no os hagais daño, esperad al doctor.

—Le esperaré de pié, y no en ayunas, repuse; por lo demas, hijos mios, no quiero aflijiros. Soy médico, y os doy mi palabra de honor de que me siento muy bien; si mi asercion no basta haced subir á mi vecino Rose; él es médico y antes de poco os habrá tranquilizado.

La transaccion fué aceptada, entrando muy luego Rose con una cara tan séria y tan solemne que me reí en sus barbas.

—Buen dia, mi viejo amigo, le dije, tendiéndole la mano.

—A qué debo esta honra, señor doctor, respondió sentándose en mi poltrona.

—Tened la bondad de tomarme el pulso, y decidles á estas señoras si no estoy en perfecta salud.

Tomó mi brazo, contó gravemente las pulsaciones de la arteria, y, volviéndose hácia Jenny, con aire asombrado, dijo:

—Si me fuera permitido dar una opinion, me atreveria á decir que este pulso está regular, y hasta un poco débil, como el de un hombre que no ha comido. La crísis ha pasado, si la ha habido, que no me atrevo á afirmarlo. Creo, añadió desarrugando la frente, que un pollo frio y algunos vasos de vino de Burdeos están naturalmente indicados; es una prescripcion que, enfermo ó nó, el señor doctor puede aceptar.

Las dos mujeres salieron para ordenar mi comida; Rose, se levantó y acercándoseme con el dedo en la boca: