—Confesad, doctor, dijo en voz baja, que en adelante no volvereis á jugar con el láudano?

Tu quoque? esclamé. Querido señor, el opio nada tiene que hacer en este negocio; he sido magnetizado.

—Bueno, dijo: con que vos, doctor, un hombre de fondo, un espíritu fuerte, creeis en el magnetismo, cuando la Academia de medicina le rehusa el derecho de ciudad?

—Ha sido necesario ceder á la evidencia, repuse suspirando. Teneis en mi una víctima de esa deplorable invencion. Me han transportado á América.

Rose retrocedió pálido y confuso.

—Sí, repuse, me han transportado á América, con mi casa y mi calle. Allí os he visto á vos, Sr. Rose; erais allí un patriota, un bravo, un capitan de zuavos.

—Callaos, en nombre del cielo, dijo, callaos, si otro que yo os oyera!

—Dudais de mi palabra? le dije, necesitais pruebas?

—No quiera Dios que os dé un desmentido, esclamó el boticario; hemos servido juntos en las filas de la Guardia Nacional, os tengo por un caballero y sentiria mucho que os sucediera nada desagradable. Escuchad el consejo que me dicta el respeto que os tengo. Sed prudente; sed discreto. Habeis estado en América, sea; vos lo decis, yo lo creo; pero en vuestra casa todos creen lo contrario. Sois el único de vuestra opinion. Por consiguiente, ya sabeis el proverbio:

Quand tout le monde a tort, tout le monde a raison[64].