Si os obstinais en hablar de ese viaje magnético, temo que los incrédulos se venguen á su modo, y que os hagan pasar por un hombre que....
Se detuvo, puso uno de sus dedos sobre mi frente, agachó la cabeza y me miró con aire compasivo.
—Cómo! esclamé, os imajinais por ventura que tengo trastornado el cérebro?
—Sin duda que no; no sé á qué atenerme, pero quién puede detener á las imajinaciones demasiado vivas? vuestra aventura es tan estraordinaria, que seria prudente que solo vos guardárais el secreto de ella.
—Señor Rose, repuse, sentaos y hablemos, vereis que jamás he tenido la cabeza mas sana. Cómo están vuestros nueve hijos?
—Muy bien, contestóme, os doy las gracias; todos están ya colocados inclusive mi Benjamin.
—Alfredo, no es verdad?
—Sí, dijo sonriendo, un lindo mozo de veinticuatro años. Qué gusto para un padre haber colocado al fin á toda su familia, y haberla colocado bien.
—Qué hacen todos vuestros hijos? Contadme eso, vecino; hablad incrédulo; aseguraos que tengo el corazon y el espíritu mas jóvenes que á los veinte años.