—Sois un sábio, señor Rose.
—Un hombre de sentido simplemente, repuso con orgullosa modestia. Ved por ejemplo á mi Alfredo; ha hecho estudios admirables; ha obtenido el primer premio de discurso francés en el gran concurso. Si le hubiera escuchado se habria hecho abogado, bella carrera, pero larga, difícil, laboriosa y que ahora no conduce á nada. Al paso que con su injenio, su buen porte y un poco de manejo, ese muchacho no necesita sino dos ó tres buenas oportunidades para ser subprefecto en diez años, prefecto en quince y quizá senador.
—Ay, Dios! esclamé, oís ese ruido en la calle?
Rose corrió á la ventana.
—No es nada, dijo, es un caballo que ha rodado y un hombre que ha salido por las orejas.
—Estoy perdido: ¡tendré que pagar otros quinientos dollars!
—¿Qué teneis, querido señor? dijo el boticario, confuso con mi miedo. Un desconocido que se rompe el pescuezo en la calle, es cosa que se vé todos los dias, ¿qué mal puede haceros? es una desgracia de que no puede acusarse á nadie.
—Eso atañe, al menos, á vuestra administracion, le dije, volviendo en mí y pensando que ya no estaba en América.
—La administracion nunca es responsable, repuso Rose con tono chusco. Ella nos cuida á todos á nuestro riesgo y peligros.
—Hay un inspector.