—Sin duda, dijo, pero el inspector depende del prefecto, y este depende del gobierno, el cual no depende sino de Dios y de su espada. Como decía mi difunto padre hay tres casos fortuitos y sin remedio: naufrajio, incendio y hechos del príncipe. Hoy dia contra el naufrajio y el incendio hay el seguro; contra los hechos del príncipe nos resta lo que tenian nuestros abuelos,—la resignacion.

—Las cosas no andan así en................

Rose me miró, yo me mordí los lábios y callé.

—Por lo demas, continuó el boticario, pronto os vereis libre de ese detestable empedrado, que van diez años, hace la desesperacion de los cocheros; el mes que viene os espropian.

—¿Qué me espropian?

—¿No lo sabeis? repuso; la informacion está abierta hace ocho dias.

—Me opongo, reclamo.

—¡Reclamar! ¿y para qué? dijo con aire paterno. Querido vecino, conoceis sin duda la historia de la olla de barro y de la olla de hierro. No os encapricheis, es inútil y algunas veces perjudicial; tratad con la administracion, os dará por vuestra casa un precio razonable, ¿qué mas quereis?

—No quiero que me echen de la casa de mis padres; pero tengo los diarios, escribiré.

—¡Los diarios! dijo el boticario. Ojalá los suprimieran á todos. De qué nos sirven hace diez años. En otro tiempo, bajo el último reinado, le decian las verdades á los ministros,—era divertido; hoy dia no sé que enfermedad les han inoculado, están mudos como peces. No son sino avisos. Tengo acaso necesidad de pagar cincuenta francos por año porque me manden á domicilio el prospecto de todos los negocios sucios, cuyas perfecciones se decantan á cinco sueldos la línea. Si yo fuera gobierno, obligaria á los diarios á decir la verdad; de lo contrario, me basta el Monitor, y todavia!