—Es verdad, repuse, pero al hacer la enumeracion de todas las libertades de que tenemos miedo, no veo bien las que nos quedan.

—Bah, me dijo, vos os chanceais. Y la libertad de la panaderia, es acaso nada? Y el sufrajio universal, no es todo? En la hora del escrutinio es cuando se reconoce á los hombres que no adulan jamás al poder. Hace cuarenta años puedo hacerme esa justicia, que nunca he votado sino con la oposicion. Pueden hacerme mil pedazos,—no cederé.

—Mientras tanto, os dejais espropiar sin decir una palabra.

—Entre nos, la cosa me fastidia, repuso el boticario. Pero qué quereis, no soy sino un individuo. Como ciudadano desafio á los tiranos; como simple potentado no he de ir á ponerme mal con la administracion, de la que tengo necesidad todos los dias. Por otra parte, los principios están ahí; el interés privado debe ceder ante el interés jeneral. Pensad que si la conservarán, vuestra casa desbordaria dos centimetros al menos de la alineacion jeneral. Quién sufriria semejante defecto de simetría? Nosotros los Parisienses hemos nacido con el compás en los ojos. No habria pasante á quien no lo chocára esa enormidad y que no gritára hasta desgañitarse contra nuestra edilidad.

—Sí, dije, los derechos no son nada, la linea recta es todo.

—Señor, dijo el boticario, no hableis mal de la linea recta; me dariais mala idea de vuestras luces y de vuestro gusto.

—Mucho debeis amar el camino mas corto de un punto á otro, puesto que le haceis sin pesar, el sacrificio de vuestra industria.

—Si lo amo? dijo; escuchadme, vecino, os haré una confidencia, que estoy seguro os encantará, como ya ha encantado á todos mis amigos.

Soy todo orejas, como hombre que lo que mas desea es convertirse.

—Ya veis, dijo, lo que hacen de París. Viejas casas, antiguos recuerdos, todos esos restos de un pasado bárbaro caen bajo el martillo de los demoledores y son reemplazados por calles rectas y palacios nacidos de ayer. Es magnético; un Parisiense mismo se pierde en él. Antes de diez años París será una ciudad completamente nueva: el teatro, la posada y el café del mundo entero. Eh bien! partiendo de las mismas ideas, he concebido un proyecto mas atrevido y hermoso; pongo á toda la Francia en París. La provincia está muerta,—ya no hay ni Auberneses, ni Gascones, ni Saboyardos; ya no hay ni siquiera Franceses. Todos somos Parisienses.