—La obra es grande, continuó; se trata de fortificar y de concentrar la unidad nacional, que deja mucho que desear; pero el medio es de los mas simples; prolongo el boulevard de Sebastopol, de un lado hasta Bayona, del otro hasta Dunkerque; llevo la calle de Rivoli, de una punta hasta Brest, de la otra hasta Niza. De paso, derribo todo, á fin de que nada embarace la linea recta. Qué perspectiva! Qué horizonte! Y el gasto es nada! Las espropiaciones no costarán caro, el aumento de precio de los terrenos será enorme, porque siempre se estará en París. Todas las ciudades no serán ya sino suburbios.

En medio de la via coloco un ferro carril; de ambos lados hago construir casas con arqueria, á fin de que los pedestres no sufran ni la lluvia ni el lodo; coloco teatros de trecho en trecho y cafés en todas partes. París se vuelve asi el paseo del jénero humano. Eso no es todo, llamo á las artes en mi socorro para dar estilo á mis construcciones. En la estremidad de ese boulevard de doscientas leguas del lado de Bayona, erijo una estátua de ciento veinte pies: la gloria; en la otra estremidad hácia Dunkerque: la victoria. Al fin de la calle de Rivoli, hácia Brest: un grupo de guerreros; abajo, hácia Niza, ninfas ofreciendo laureles. En el centro, finalmente, es decir, hácia Bourges, establezco un Walhalla, un panteon jigantesco. Una columna ó mas bien una pila inmensa formada de cañones superpuestos, elevará hasta las nubes una especie de Minerva con pica, casco y coraza. Esa será la Francia, reina de las artes, de la civilizacion y de la paz. Al rededor de la columna dispongo un vasto pórtico coronado de granadas y de obuses que estallan; en el interior coloco las estátuas de todas nuestras glorias nacionales: Duguesclin, Dunois, Condé, Turenne, Hoche, Kléber, Masséna, Murat, &a; arriba establezco estátuas simbólicas, cada una de veinticinco pies de alto. De un lado la Guerra protejiendo la industria y las artes; del otro la Conquista llevando al estranjero la libertad; en el centro la Fortuna y la Belleza coronando la valentía. Eso será noble y grandioso, tendremos asi monumentos patrióticos que inmortalizen un siglo y engrandezcan el espíritu de veinte jeneraciones. La inmensidad en la uniformidad, qué ideal!

Los griegos, respondí, hacian, me parece consistir la belleza en la proporcion y la variedad.

—Los Franceses no son Griegos, esclamó él; somos Romanos; nada nos place como la enormidad y la simetría; lo jigantesco es lo bello.

Suspiré, bajé la cabeza y no contesté.

—Eh bien, doctor, volveis á caer en el silencio? Qué pensais de mi proyecto?

—Pienso, le dije, alzando los hombros, que vengo de un pais donde se ocupan de levantar hombres en lugar de levantar piedras y de construir monumentos. Los pórticos, las columnas, los arcos de triunfo, las estátuas, forman en el horizonte una hermosa perspectiva; pero hay algo mas hermoso, mas grande, algo mas vivo que esparce en la mas estrecha calle la mas esplendorosa luz, y que hace del antro mas sombrio un palacio: es la libertad.

—Vamos, repuso, con su tono de autor irritado, con que vuelven á venir vuestras mariposas negras; siento que mi presencia es indiscreta.

Se levantó, y le dejé marcharse. Qué habia de hacer con aquel loco? Oí que hablaba con mi mujer en el salon, y percibí el nombre de Olybrius, y las palabras:—“daos prisa, es tiempo.” Qué significaban aquellas palabras? No hice caso de ellas, y fué mal hecho. Es menester desconfiar siempre de los necios.