CAPITULO XXXII.
Una familia Parisiense.
Por fin levantéme, acicaléme, pero no sin echar de menos mi casita de América. No tenia baño donde reposar mis miembros fatigados, ni fuego en mi cuarto ni agua caliente; los franceses no han comprendido todavía que la primera de las libertades domésticas,—consiste en tener uno todo á la mano, sin necesidad de nadie. Fué menester que tirára la campinilla sin cesar, y á cada campanillazo se me presentó un lacayo solemne y estirado que me miró desde arriba de su corbata blanca, y me sirvió con majestuoso desdén. Oh, mi pobre zambo, dónde estabas tú? Tú eras uraño y ridículo, pero me amabas.
Una vez afeitado me miré al espejo, esperimentando algun placer de encontrar mi cara de otro tiempo; no es que fuera linda, pero estaba habituado á ella; nada hay tan incómodo como buscarse uno bajo una máscara estraña. En el comedor hallé á mi mujer y á mi hija que me esperaban con una inquietud mal disimulada. Jenny bordaba un tapiz, para tener alguna habilidad; Susana festonaba, y de vez en cuando fijaba en mi sus ojos tristes y azorados. Sentéme á la mesa, y almorcé con escelente apetito. Ocho dias de emocion y de agua pura me hacian saborear con delicia un almuerzo francés, y mi viejo vino de Burdeos. Volvía á hallar la patria; mi corazon volvía á sentir su antiguo calor; y tenia ideas poéticas, cosa que no me habia sucedido en Massachusetts.—Oh, patria mía! Yo te amo como un enamorado ama á su querida, riñéndola siempre, pero deseándole siempre todas las bellezas y todas las virtudes. Oh, mi Francia querida! tu tienes mas de un defecto de educacion, pero la naturaleza te ha tratado como á niño mimado. Nada vale la dulzura de tu cielo, la riqueza de tus mieses, la hermosura de tus frutas, el calor de tus vinos. Cuando la fiebre de las revoluciones no te enloquece, tus hijos son políticos, amables, injeniosos; tus hijas son mas listas que sus maridos. Qué te falta pues, para ser la nacion del mundo mas noble y feliz? Solo esa libertad de que te burlas, y que no conoces!
—En que piensas, Susana mia?
—En nada, mi buen padre.
—Deveras? pues un pajarito me dice que la señorita piensa en su mas antiguo amigo.
—No digo que no, padre mio.
—Bien! hija mia, es menester desterrar esos malos pensamientos. Estoy tan bien de salud que solo me ocupo de tu felicidad. Y á propósito, hija mia, cuando te casas?