Jenny se levantó como si un resorte la hubiera empujado, Susana se puso colorada hasta lo blanco de los ojos.
—Dejémonos de niñerias, esclamé. Susanita, pronto tendrás veinte años, y no eres una de esas tontuelas que al nombre de marido se ponen á bisquear, mirándose la punta de la nariz. Si tu corazon ha hablado, dímelo; tengo plena confianza en tí, amiga mia; adopto de antemano el yerno que me has elejido.
Susana, dijo mi mujer, con voz conmovida, traeme de mi cuarto un poco de lana para mi tapiz, y esto diciendo, le hizo una señal de intelijencia, que, traducida en buen francés quería decir: “déjanos solos.”
En cuanto Susana salió, Jenny estalló.
—Daniel, dijo, sois cruel. Qué os ha hecho esa niña?
—Cómo! no puedo preguntarle á mi hija si ama?
—Mi hija, repuso Jenny, no ama á nadie, señor.
Es una niña honesta, que hará lo que ha hecho su madre: esperará al dia de su casamiento, para amar al esposo que sus padres le escojan.
—Al dia de su casamiento? esclamé. Es un poco tarde. Si el amor no entra la primera noche, al dia siguiente hallará la puerta cerrada. Dejar su felicidad á la eleccion de sus padres es peligroso. La mujer se casa para sí, no para su madre. El deber es una bella cosa, pero no reemplaza esa primera y santa ternura de un corazon que se ha entregado libremente.
—No sé de donde sacais esas vuestras doctrinas, dijo Jenny con tono seco; me parece que debiérais respetar vuestra casa para no traer á ella esas tristes paradojas.