—Pero, mi buena amiga, en todos los paises del mundo las jóvenes escojen sus maridos. Ved la América!

—Somos Iroqueces? interrumpió mi mujer.

—Ved la Inglaterra, la Alemania, la España misma; allí se casan con el que aman, y no veo que los matrimonios sean menos felices que en París.

—Vos no teneis sentido comun, Daniel.

—Es decir, señora, que entre nosotros dos hay alguno á quien la preocupacion, le ciega y que razona torcidamente.

Sí, señor, con la diferencia que vos sois el único de vuestra opinion, y que en Francia todo el mundo piensa como yo.

Ah! murmuré, hé ahí mi tirano, el señor todo el mundo; vuelvo á hallarlo en mi casa, y no hay duda, mi mujer valia mas en América!

Discutir era inútil, disputar odioso; recurrí á un recurso que le faltaba á Sócrates; encendí mi pipa, y me puse á soñar.

La paz no duró mucho tiempo. Enrique entró en el cuarto y vino á abrazarme tímidamente. Miré á mi hijo, y me costó reconocerle. Ya no era mi ardiente voluntario, siempre dispuesto á partir á la India ó á la guerra,—era un lindo mozalvete con cara de muñeca. En el medio de la cabeza tenia una raya á guisa de mujer; añadid una camisa bordada, un cuello parado, una cinta escocesa de corbata. Vamos, parecia una mujer de paletot; toda su persona tenia no sé qué de gracioso, de delicado y de indolente.