—De dónde vienes querido? le dijo su madre.
—De lo de mi peluquero, mamá.
Su peluquero! Mi hijo tenia necesidad de un peluquero! Yo le contemplaba como á una curiosidad.
Has estado en el picadero, esta mañana? continuó Jenny.
—Sí, mamá, y en la sala de armas.
—Muy bien, dije, esos ejercicios viriles me gustan. Es menester que un jóven sepa andar á caballo, nadar, boxear, tirar el florete y la pistola; es menester que el hombre civilizado combata sin cesar la dulzura de una vida que le enerva; pero, mi querido Enrique, eso no es todo, es menester tambien adoptar alguna profesion. Tienes diez y seis años; eres un hombre. Qué piensas hacer?
—Pobre amor mio! esclamó Jenny, dejadlo gozar de sus bellos años; todavia no es bachiller.
—Pues bien, que se haga bachiller!
—Tengo tiempo, papá, dijo Enrique, bostezando. El año que viene me darás un repetidor.
—Para qué? preguntéle.