—Todo el mundo toma repetidores, dijo Jenny encojiéndose de hombros. Ved al hijo de M. Petit, el banquero. No sabia nada, era un idiota. En tres meses un hombre del oficio le ha metido toda una enciclopedia en la cabeza; ha asombrado hasta á sus mismos examinadores.
Y tres meses despues era tan ignorante como el primer dia.
—Qué importa? dijo Jenny, era bachiller; es un título que conduce á todo.
—Sed pues bachiller, hijo mio, y no esperes el año próximo; quiero que á los diez y siete años tengas una profesion.
—Antes debe estudiar derecho! dijo mi mujer.
—Sí, paseándose tres años en el Bosque y en otras partes, salvo una enfermedad crónica que se llama el exámen. No quiero que pierda tontamente tres años, los mas bellos de la vida, en la ociosidad, ó en tristes placeres! Que Enrique adopte primero una profesion, y en seguida que estudie derecho sériamente. Habla, hijo mio, qué profesion escojes?
—La que querrais papá, respondió abrazando á su madre. Jenny se sonrió como diciéndole: paciencia, hijo mio, tu padre no tiene sentido comun.
—No tienes ningun gusto, ninguna vocacion? pregunté á Enrique.
—No, papá, eso os toca á vos. En quedandóme, en París, pudiendo montar á caballo y divertirme con mis amigos, todo me es igual.