—Hijo querido, como nos ama! dijo Jenny alizándole los cabellos.
—Divertirte! esclamé, quién te ha inspirado semejantes principios? Amigo mio; no estamos en la tierra para divertirnos. El trabajo es la órden de Dios, el freno de nuestras pasiones, la gloria y la felicidad de la vida. En América no hay un solo hombre que á tu edad no se baste á sí mismo, que no tenga el sentimiento de su deber y de su dignidad.
—Daniel, dijo Jenny, con una impaciencia visible, por qué lo atormentas así cuando no trata sino de agradarte? Esperad un poco; hará lo que hace todo el mundo.
—Es decir que no hará nada.
—Tendrá un puesto.
—Eso es lo que yo decia, repuse indignado de aquella debilidad maternal. Un puesto, hé ahí la gran palabra, mi hijo será empleado!
—Todo el mundo lo es hoy dia, dijo mi mujer. Mostradme un hijo de familia que haga otra cosa! A qué singularizaros?
—Qué! le dije á Enrique, no preferirias ser el artesano de tu fortuna, y deber tu posicion solo á tu trabajo y á tu talento? La independencia es acaso nada? No quieres ser abogado, médico, fabricante, comerciante?
—Por qué no le propones que sea almacenero? dijo Jenny, con un desden que me hirió.