—Muy bien, señora! Pezar azúcar por su propia cuenta, es cosa vergonzosa; pero cerrar cartas y empaquetar recibos por cuenta del gobierno, es noble y glorioso! Y, para llegar ahí, es menester rogar, solicitar, renegar sus opiniones y adular á personas cuya mano no se tomaria.

—Todo el mundo hace otro tanto, dijo Jenny. Os creis mas sabio y virtuoso que todo el mundo?

—Oh, preocupacion! preocupacion! esclamé. Pablo-Luis[65], tú teniais razon: somos un pueblo de lacayos!

Yo estaba furioso, me paseaba á grandes pasos por el cuarto, y daba de puñetazos sobre la mesa; Enrique bajaba la cabeza, y callaba Jenny estaba pálida, y apretando los lábios me seguia con los ojos.

—Daniel, me dijo, acabad, os lo suplico, esta escena ridícula; ya sabeis que soy incapaz de resistir á semejantes emociones. Cuando reflexioneis á sangre fria, espero que oireis la voz de la razon.

En este momento no sabeis lo que decis.

—Señora, la dije, paréceme que en presencia de mi hijo esas palabras están fuera de lugar; faltais al respeto que me debeis.

—Amigo mio, contestó, vos estais enfermo.

—Basta! esclamé; esa piedad es impertinente. Os haré ver lo que es un jefe de familia. A pesar de vuestras preocupaciones y de vuestras desesperaciones, obligaré á mi hija á que se case por inclinacion, y á mi hijo á que escoja una profesion de su gusto,—una profesion independiente.

—Daniel, sois un loco, dijo Jenny cruzando las manos.