—Señora yo tengo mi buen sentido, y os enseñaré que soy el amo de mi casa.
—Está loco! gritó mi mujer anegándose en lágrimas y echándose en brazos de Enrique, que se puso á llorar á su vez.
En aquel momento abrieron la puerta de par en par, y una voz anunció al señor doctor Olybrius.
CAPITULO XXXIII.
El Doctor Olybrius.
Entró, lo veo aún.... Una frente calva, con sus correspondientes mechas de cabello rojo, flotando de derecha á izquierda, unos anteojos de oro, una sonrisa beata, una triple barba perdida en las profundidades de una ancha corbata, un frac verde, con una cinta que ostentaba los colores del arco iris,—todo anunciaba al tonto que ha tenido buen éxito. Detrás de él caminaban como dos corchetes, el abogado Reynard, que, con sus ojos de garduña, parecia buscar siempre un agujero para ocultarse en él, y el grueso Coronel Saint John, apoyado en su muleta, y arrastrando su vientre y su gota. Qué me queria aquel cortejo grotesco? Ay Dios! iba á saberlo á espensas mias.
—Buen dia, hermosa dama, dijo Olybrius, tomando la mano de mi mujer y posando en ella sus lábios; os habeis repuesto de vuestras fatigas y emociones? Cuidaos señora, cuidaos; el corazon es el órgano débil en las mujeres; no os dejeis asesinar por vuestra sensibilidad.
—Buen dia, doctor, continuó con aire de caballero, tendiéndome una mano que no me atreví á rehusar; cuánto me alegro de veros en pié. Así, es en calidad de amigo y no de médico como me presento. Lo he dicho á estos señores, que, como vecinos, venian á saber de vuestra salud, y que no se atrevian á entrar conmigo.
—Buen dia, señor Lefebvre, dijo el Coronel. Carambola que hemos estado enfermos! Pero la caja es buena; estoy muy contento de veros; voto á sanes!