—Durante vuestra estadía en América, habeis visto á las jentes tirarse de pistoletazos en la calle? Han colgado á dos ó tres personas por dia, en virtud de esa ley de la linterna, de esa Lynch Law, cuyo nombre nos han tomado los Americanos, y quizá la idea?
—Señor, contesté, dejad á los diarios esas faramalladas. Los Americanos son cien veces mas pacíficos y civilizados que nosotros. Hasta el duelo es allí desconocido.
—Arre! dijo el Coronel, eso es demasiado. Existe acaso un pais donde no se batan? Entonces en ese convento no hay sino relijiosas del Sagrado-Corazon?
—Efecto del opio, dijo Olybrius; todo se vé color de rosa.
—Decid color de carbon de piedra, dijo el Coronel. Arre! Pues si yo estuviera en aquella barraca, á todos les daria de bofetones para ver si tienen corazon en el vientre.
—Hay un gobierno en América, dijo el abogado, ó al menos habeis encontrado por casualidad el rastro de él?
—Señor, dije, hay el mas hermoso de los gobiernos: el que administra menos; el que á los ciudadanos deja mayor libertad para gobernarse á sí mismos.
—Efecto del opio! repuso Olybrius. Quién no sabe que la América es una anarquía viva?
—Señor, dije impacientado, daos el trabajo de ir á los Estados Unidos; hallareis allí un Gobierno Central, treinta y cuatro Estados particulares, treinta y cinco Senados[66] y treinta y cinco Cámaras de Representantes. No puedo suponer que sean salvajes los que han imajinado semejantes combinaciones.