—Es un sueño, dijo el abogado, es materialmente imposible.
—Efecto del opio! dijo Olybrius.
—Doctor Olybrius, esclamé, si alguien tiene una idea fija en este momento, me parece que no soy yo.
—Yo no tengo idea, doctor Daniel, repuso, pongo por testigos á estos honorables señores; me basta hacer constar que hasta ahora no nos habeis dicho una palabra que tenga sentido comun.
—Hay un consejo de Estado en América? repuso el abogado, que tenia toda la tenacidad de un juez de instruccion.
—No, señor, la justicia basta á todo, la administracion está sujeta á ella.
—Qué quimera! dijo Reynard, un pueblo no viviria seis meses sin esa admirable separacion de poderes, que hace la gloria de nuestra inmortal Constitucion. Suponed que la salud del Estado exije que os pongan preso sin forma de juicio, qué harian en vuestro pais de Hurones?
—Qué harian? El procedimiento está marcado. Emplazarian al audaz que se colocára sobre las leyes y le condenarian á unos cien mil francos de daños y perjuicios.
—Y los prefectos, no pensais, que entonces seria un empleo inútil.