—Los prefectos, repuse, no los hay.
—No hay prefectos, esclamó riendo; con que no hay prefectos? Qué quereis que hagan los ciudadanos, sino se obra por ellos.
—Buen Dios, repuse, harán por sí mismos sus propios negocios. No habeis pensado en ello todavia, señor hombre de Estado?
—No, dijo secamente, yo no pienso sino en las cosas posibles. Quién dirije allí el espíritu público, y les enseña á los ciudadanos á pensar?
—Nadie.
—Qué! no hay directorio en la prensa?
—No, señor. En aquel pais de Hurones, como vos lo llamais, cada cual dice é imprime lo que quiere, bajo la exclusiva garantia de la justicia y de la ley. Los diarios son considerados allí como un beneficio. Se les favorece y multiplica en todas direcciones. No se les exije fianza, no pagan timbre,—nada, nada impide que la luz se esparsa, nada traba la libertad.
—Sopla! dijo el coronel; vaya un pais donde tendrá que hacer la jendarmeria.
—Allí no hay jendarmes, señor coronel.
—No hay jendarmes! esclamó. Pues no exijo mas, y digo vecino, que si no estais loco de atar, que echen abajo á Charenton. No los he visto nunca de vuestro calibre; no hay jendarmes! Porqué no decis inmediatamente: no hay ejército, no hay infanteria, no hay caballeria, no hay artilleria, no hay jenerales, ni coroneles, ni capitanes; aquella sociedad se compone de paisanos ó Iroqueses, una sociedad nunca vista.