—Bah! díjeme espantando los escrúpulos vanos, esta es una escepcion. Lo mas acertado será suprimir los diarios; se dirá que es suprimir el remedio y no el mal; pero cuando el mal no tiene remedio, uno se resigna; si uno se muere, al menos muere sin quejarse. Es una gran ventaja... para los médicos.
Iba á esa altura en mis reflexiones, cuando, del medio de la calle salió una voz que me llamó,—la voz de Susana. Se aproximaba en un cabriolet de dos ruedas, dirijido por Marta. El caballo era seguro, y Marta era una muchacha prudente que se servia mas de las riendas que del látigo; pero en el ángulo de la calle de Taitbout y de la calle de Helder, me equivoco, en la esquina de la sétima y octava avenida, hay un terrible empedradito, hecho, segun creo, por algun veterinario interesado, porque, hace diez años, no se pasa un dia sin que se caigan en él los caballos. El corcel de Marta estaba predestinado: al aproximarse á mí, la pobre bestia se arrodilló de repente; Marta fué arrojada por encima de la cabeza del caballo, Susana cayó en mis brazos, y del choque me echó en tierra, rodando ella conmigo por el suelo.
Me levanté furioso y cubierto de polvo. Susana tenia el rostro arañado; Marta estaba ensangrentada.
—¿Estais herida, Marta? esclamé.
—No, señor, no es nada, dijo; la diestra del Eterno me ha sostenido; no tengo sino la punta de la nariz estropeada.
Y hénos á ambos ocupados en desencillar y levantar el caballo.
Cuando el caballo fué puesto al tiro—Pardiez! esclamé, es una verguenza que una administracion municipal consienta hace diez años un rompe-cabezas semejante, á mi puerta, en la calle mas frecuentada de la ciudad. ¡Y de rabia me entré á la oficina del diario!
—Doctor ¿qué teneis? dijo Humbug siempre riendo; habeis comenzado ya vuestra lucha electoral con Fox. A juzgar por vuestro traje, no habeis salido bien parado.
—Lo que tengo, dije, es que es abominable que haga diez años que se deje un empedrado en semejante estado, es que mi caballo acaba de rodar, es que mi hija está herida en el rostro, es que la cocinera casi se ha muerto; estoy furioso, quiero quejarme, pido justicia. Estamos en Paris en América, la obtendré. La publicidad pondrá á todo el mundo de mi parte. Dadme una pluma y tinta, voy á dirijiros una carta severa, en que trataré á la administracion como merece.
—Aquí teneis lo que deseais, dijo Humbug; y además un dollar.