—¿Un dollar? ¿Para qué?

—Pagamos siempre un dollar á los que nos traen un hecho diverso; no os hagais de rogar, doctor; guardadlo y ponedlo en un cuadro con la fecha. El os recordará que la prensa es la voz de todos, y que habeis comprendido esta gran verdad el dia que habeis sufrido.

—Humbug, respondí, esas palabras que lanzais al viento con vuestra lijereza ordinaria, tienen mas alcance de lo que pensais; no las olvidaré. Por la mañana cuando lea el diario, cada queja me recordará un sufrimiento que mañana puede ser el mio, un mal que puedo cortar ó evitar, asocíandome al grito público.

—Bravo! doctor, sois un gran filósofo. Cuando se abren vuestros ojos, gritais: Et lux facta est. No importa eso; pronto os apercibireis de otra verdad no menos grande: que en resumidas cuentas la libertad de la prensa no aprovecha sinó á las jentes honradas. Basta esto para enseñarnos cuales son sus enemigos.


CAPITULO XII.
Una candidatura en América.

Todas estas discusiones me habian perturbado. Cierto, yo no tenia la debilidad de renegar la fé política que me han dado los maestros de mi infancia; tengo horror á los renegados. Cuando uno se ha criado en el error, si la conciencia quiere que uno salga de él, el honor quiere, que uno persista; es el honor lo que siempre escucha un Francés. Me habria hecho descuartizar antes que confesar que esos Yankees tenian razon. Pero, en el fondo del alma, sentia que habia perdido mi primera inocencia; me habia servido de la prensa y no tenia ya derecho á sonrojarme. Descontento de mi mismo, dormí con sueño ajitado; así, cuando me desperté, era de noche todavia. Los sofismas de Truth y de Humbug habian penetrado en mi ánimo, como flechas en las carnes; buscaba en mi cama, respuestas que no encontraba, cuando de repente, en medio de la oscuridad y del silencio, oí una voz que me llamaba desde la calle. Era la voz de mi hija, un padre no se engaña.

Ponerme mi bata, correr á la ventana, fué cosa de un segundo; me incliné para ver en la oscuridad de la noche. Mi cabeza tropezó con no sé qué obstáculo que estalló. Al instante una luz espléndida me deslumbró; gritos de alegria saludaron mi aparicion. La calle estaba llena de gente, un cartel inmenso cubria toda la casa; y mi cabeza metida dentro de una O jigantesca, daba á los pasantes un espectáculo ridículo. Papá, permaneced ahí, decia Susana, saltando sobre sus lijeros pies y batiendo palmas: todo París leerá el cartel. Green for ever repetian los Yankees mientras corrian. A very good trick[25] agregaban riendo hasta mostrar sus grandes dientes.

Me vestí apresuradamente y bajé á la calle. París no era si no un inmenso cartel; los candidatos de todos los colores: azules, rojos, blancos, amarillos, verdes, rosados; ostentaban sobre las paredes sus servicios y sus virtudes. Mi casa estaba consagrada al verde. El nombre de Green se estendia en mayúsculas de tres pies de alto; frente á mi, la imprenta habia subido hasta las nubes un inmenso cuadro, en el que se leia: