CIUDADANOS
DE LA PRIMERA CIUDAD DEL MUNDO.
¡Nada de banqueros!
¡Nada de abogados!
¡Nada de escaladores del poder!
Nombrad al hijo de sus obran:
¡Al patriota jeneroso!
¡Al comerciante heroico!
¡Al buen padre de familia!
¡Al hijo de París!
¡Nombrad al honrado y virtuoso GREEN!!!
Esta farsa democrática divertia á Susana; M. Alfredo Rose estaba á su lado, con el venerable boticario y sus otros ocho hijos. Enrique bailaba de contento como un niño que se encanta con el barullo; por mi parte tengo poco gusto por esas orjias populares: una frase las reasume: Mucho ruido para nada.
—Vecino, me dijo el farmacéutico, ved ahí á nuestro capitan que vá al fuego; espero que nos dareis una mano; la oposicion es poderosa; no triunfaremos sino á fuerza de palabras y de accion.
—Querido señor Rose, le respondí, con vuestro permiso, permaneceré en casa. En todo esto no tengo interés alguno. Soy un gran señor que tiene para dirijir sus asuntos un cierto número de intendentes que paga, sin tomarse siquiera el trabajo de elejirlos; lo que pasa entre mi jente no me concierne, ¿qué es un intendente municipal de Paris? Un caballero con casaca bordada que casa á las solteronas y á las viudas inconsolables, y que dos veces al año sube en carroza de gala para saludar al señor Prefecto y comer en la casa municipal. Esos si que son grandes honores, y por lo tanto, nunca se les compra demasiado caro; pero, ¿qué me importa eso á mí, simple particular, que no tengo mas privilejio que pagar un presupuesto que no voto? Y no sé á quien representa un intendente; pero de cierto no es á sus administrados. Así, pues, que lo nombre quien quiera; yo soy médico y no me incomodo por nada.
Por toda respuesta M. Rose me agarró el brazo y me tomó el pulso.