—Terrible doctor, me dijo, qué malos ratos me dais con vuestras eternas bromas; os he creido con el cerebro trastornado. Ciudadano de un pais libre, ¿es á vos á quien hay necesidad de decir que hoy dia están en juego nuestros mas grandes intereses? ¿No es el intendente el primer personaje de la ciudad, el representante de nuestras ideas y de nuestros deseos? Policia, mercados, calles, escuelas, no es el intendente acompañado de nuestros consejeros, el que arregla todo, con la soberana voluntad que nuestro voto le confiere? Si tiene superiores en el Estado, ¿los tiene en la ciudad? ¿Recibe órdenes de alguien? ¿No es él nuestro brazo derecho, nuestro órgano, nuestro ministro; no es á nosotros solos á quienes responde de sus actos y de su presupuesto? ¿Y quereis que semejante eleccion nos haga permanecer indiferentes? Por mi parte me preocupo muy poco de lo que hacen en Washington los señores charlatanes elocuentes del Oeste ó del Sud; pero Paris, es mi bien, es cosa mia; es la tumba de mi padre, es la cuna de mis hijos. Amo todo en Paris, hasta sus berrugas y sus manchas, amo sus viejas calles donde he jugado en mi infancia, amo sus nuevos boulevards, grandes arterias de la civilizacion, amo sus iglesias góticas que me hablan del pasado; amo sus esplanadas y sus escuelas que me hablan del porvenir. Para mi es, que cuarenta jeneraciones han enriquecido este pedazo de tierra; hay en esto una herencia que he recibido de mis padres, y que quiero trasmitir á mis hijos, despues de haberla embellecido. No permito que sin mi voluntad se toque una piedra ni una institucion de mi querida ciudad, de mi verdadera patria. ¡Soy Parisiense, Paris es mio!

—Rose! amigo mio! esclamé, sois el Ciceron de los boticarios; pero la elocuencia tiene el privilejio de decir lo contrario de la verdad. No es sériamente que hablais de confiar á uno de nosotros, á un simple ciudadano la policia de semejante Pandemonium; se necesita aquí una mano firme é independiente que nos conduzca á pesar nuestro.

—Papá, dijo Susana, porqué mortificais así al bueno de M. Rose? vos sabeis bien que el intendente es el que elije los policemen; vos mismo habeis hecho nombrar al que cuida vuestra calle.

—¿Quizá tambien, agregué con aire de lástima, haceis votar los impuestos municipales por los que los pagan?

—Sin duda, dijo Rose, ¿quién es el que tiene derecho á votar un gasto si no es el que lo sufre?

—¡Tendreis un lindo presupuesto! ¡Hé ahí un bonito modo de juntar millones! Y cuando abrís calles nuevas, ¿consultais tambien á los habitantes, á fin de conjurar contra vosotros el egoismo de los intereses privados?

—¿A quién se consultaria entonces? preguntó el inocente boticario; supongo que las calles son hechas para nosotros, y nuestros intereses privados forman, reuniéndolos, el interés jeneral.

—Perfectamente! perfectamente! esclamé riendo: todos han mamado la misma leche. Buen Dios! qué necesario seria embutir á martillazos en estos cerebros estrechos las grandes ideas de la civilizacion moderna! Si viesen los milagros de la centralizacion, comprenderian al fin que nuestros negocios nunca son mejor manejados que cuando pasan sin nuestra voluntad, á manos de aquellos que no tienen en ellos el menor interés! Y las escuelas, agregué, son tambien los padres de familia los que votan el impuesto y fijan la cifra del gasto? Tendria curiosidad de conocer el total.

—El gasto de las escuelas, dijo M. Alfredo, apurado por hacer admirar su erudicion, todo el mundo lo vota; la educacion es la deuda comun; todos se hacen un honor en contribuir. Antes de ayer se estableció el impuesto de 1862: son dos dollars por cabeza, sin contar lo que dá el Estado.

—Diez y seis millones de francos votados por un millon y seiscientos mil habitantes de Paris, para las escuelas de la gran ciudad! esclamé; eso jamás se ha visto y nunca se verá: es imposible.