—Salvajes! esclamé, que no conoceis ni el punto de honor siquiera!

—Salvaje vos! repuso Humbug riendo. Verdaderamente, doctor, la picadura os pone feroz. Matar á las jentes ó hacerse matar por ellas ¿de qué puede servir eso á la causa de la justicia y de la razon? Un duelo no aprovecha sino al médico ó al sepulturero.

—¿Qué haceis entonces, señor, cuando sois cobardemente insultado por un folletinista?

—Mi querido doctor, respondió aquel candidato sin verguenza: repito en voz baja ó en alta voz un proverbio turco, cuya profunda sabiduría os recomiendo: El que se pare á tirar piedras á todos los perros que ladren tras de él, no llegará nunca al fin de su viaje. Con lo que, voy á ocuparme de mi eleccion y de la vuestra; haced otro tanto por vuestra parte; pronto olvidareis al Lince y su retórica.

Tu ne cede malis, sed contra audentior ito[28].

Adios.


CAPITULO XV.
Un recuerdo de la patria ausente.