La llegada de mi mujer y de mis hijos dulcificó mi mal humor: las noticias eran buenas. Alfredo y Enrique habian recorrido todas las asambleas, recojiendo bravos y promesas. Jenny y Susana habian visto á todas sus amigas. Doscientas señoras, las mas respetables de la ciudad, llevaban al cuello mi fotografia en un medallon: la eleccion estaba asegurada.
La alegria de nuestra modesta comida concluyó de curar mis heridas. Todos teníamos solo un corazon y un alma. Mi Jenny estaba mas animada que en el bautismo de su primojénito. He notado siempre que las mujeres son naturalmente ambiciosas; un marido jóven y bello, pero que no es nada, no tendrá nunca el arte de agradarlas largo tiempo; un marido viejo, recibirá sus mas dulces caricias si la fortuna ó la gloria corona sus cabellos blancos. Cuando al amor se une esa lejítima ambicion, la mujer se hace entonces, en toda la belleza de la palabra, nuestra verdadera mitad. Se vive, se piensa, se sueña á duo, es la felicidad perfecta en la tierra, felicidad casi desconocida en Francia, donde la moda priva á las mujeres de los gustos sérios, de las pasiones jenerosas,—felicidad comun en los Estados-Unidos, donde la opinion invita á las mujeres á tomar parte. Susana era mas ardiente que su madre: era mi sangre! no hablaba sino de mi eleccion. Es cierto que ella habia hecho de Alfredo uno de mis mas grandes electores; ocuparse de mí, era ocuparse de él.
A la noche tuvo lugar una nueva demostracion electoral. Todos los bomberos, de gran parada y llevando cada uno una antorcha en la mano, desfilaron bajo nuestras ventanas, con música á la cabeza. Los jóvenes de la ciudad vestidos con uniformes y trajes diversos, los acompañaban con largas varas coronadas de linternas. En medio de aquel cortejo, un inmenso estandarte con un transparente iluminado mostraba á la multitud absorta dos especies de diablo negros saliendo de las llamas con dos rollos blancos. El nombre de Green y de Smith, escrito debajo de las figuras, daba un sentido humano á aquella escena infernal, que aplaudian á su paso. La mujer y el niño que habiamos salvado eran conducidas en una volanta tirada por cuatro caballos blancos, y enteramente adornada con linternas é inscripciones. Era una marcha triunfal, una procesion digna de los bellos dias de Eleusis. De todas partes estallaban los gritos, los bravos, y algunas veces tambien ciertos gruñidos, ahogados inmediatamente por los hurrahs. La oposicion estaba vencida y derrotada por la belleza de nuestras invenciones. Era difícil que Little tratára de rivalizar con nuestras maravillas. ¿Qué podia pasear por las calles? ¿Accionistas arruinados? No se seduce á un pueblo con ese espectáculo de todos los dias.
A las diez, Jenny nos leyó la Biblia. Habiamos quedado en el quinto capítulo de Daniel, es decir, en la historia del rey Baltazar, y de la mano vengadora que escribió sobre la muralla la sentencia de muerte: Mané, Thecel, Pharés. Era para Marta una bella ocasion de profetizar; no dejó de hacerlo. De buen ó mal agrado, me comparó á Nabucodonosor y me condenó á vivir con los asnos salvajes, y á comer la yerba de los campos, como un buey, si alguna vez olvidaba que el Altísimo tiene un poder soberano sobre los hombres, y que instala sobre el trono á quien le agrada. La leccion me parecia un poco fuerte para un futuro inspector de calles; pero no hay quizá necesidad de ser rey para tener el orgullo y la insolencia de Nabucodonosor. ¿Quién sabe si los empleados de Asiria no eran mas impertinentes todavia que su magnífico soberano?
Me burlé de la sibila; sin embargo estaba conmovido con aquella candidatura, y demasiado conmovido para conciliar el sueño. Así, apenas subí á mi cuarto, cargué una pipa con escelente tabaco de Virjinia, y sentándome cerca de la ventana, traté de adormecer mis sentidos agitados.
La calle estaba desierta, y la luna iluminando con su pálida luz las casas mudas y cerradas, aumentaba el misterio y la calma de la noche: todo dormia á lo lejos; todo callaba. El único ruido que turbaba aquel silencio universal, ó mas bien dicho que lo hacia sentir mejor, era el tic tac de un cuco colocado á los costados de mi cama. Arrullado por aquel canto monótono, embotado por el humo del tabaco, dejaba correr mis ensueños, cuando de repente el reloj se anunció. El rechinar de las poleas, el jemir de las ruedas y de los correajes anunciaban que iba á dar la hora. Me levanté para admirar aquella obra maestra de la relojeria alemana. A mi llegada un gallo de madera pintado, trepado en lo mas alto del cuco, aleteó y lanzó tres gritos agudos. Debajo del gallo se abrió bruscamente una puerta, mostrándome á París, el Sena, y la casa municipal en 1830. La Fayette, con peluca rubia, frac azul y pantalon blanco, abrazaba á la vez á mi infante, un jendarme y una bandera tricolor sobre la que se leia en letras de oro: LIBERTAD, ORDEN PUBLICO. Once veces sonó el reloj, y once veces el bravo La Fayette sacudió la cabeza y movió su bandera; en seguida la puerta se cerró y el gallo galo ajitó sus alas, gritó mas desapaciblemente que nunca, y la vision desapareció.
Aquel recuerdo perdido, aquella divisa olvidada hace tanto tiempo, despertaron los sueños dorados de mi juventud. Cuánto palpitaban nuestros corazones en 1830! Pobres ignorantes, no sabiamos entonces que la libertad, como todas las queridas, aruina y traiciona á aquellos que la aman. Libertad, órden público; palabras terribles: Mane, Thecel, Pharés de los tiempos modernos! Hé ahí el enigma que, cada quince años, la esfinje de las revoluciones propone á la Francia, siempre pronta á devorar al Edipo que no adivina. Libertad, órden público, se diria que son dos enemigos inmortales, que, vencedores y vencidos á su vez, se entregan á un combate sin fin, del cual somos nosotros el premio. Llega un dia en que la libertad vence, el cielo resplandece de alegria y de esperanza, pero bajo la máscara de aquella divina sirena, es la anarquia la que triunfa, trayendo tras de sí la guerra civil, atacando todos los derechos, amenazando todos los intereses, haciendo retroceder de horror á un pueblo aterrado. En el dia, es el órden público lo que se instala, sable en mano: dando la paz, imponiendo el silencio, rompiendo bien pronto la valla y deslizándose por su propio peso al abismo donde cae todo poder que nada aconseja y que nada contiene. ¿De dónde nace que hace setenta años que un pueblo honrado, bravo é injenioso, no edifica sino ruinas, descontento y decepciones?
¿Cómo es que en los Estados-Unidos, donde la libertad enloquece todas las cabezas, donde nadie habla de órden público la paz interior no es perturbada jamás? En aquella democracia turbulenta, en aquella multitud entregada á si misma, sin policia y sin jendarmes, ¿porqué no hay ni tumultos ni revoluciones? La América no tiene como nosotros, cien mil funcionarios alineados en batalla, una administracion admirable que dispone todo; no tiene frente á esa organizacion compacta, un pueblo docil, ordenado, ocupado, dirijido, reglamentado, y, sin embargo, es tranquila y próspera. La libertad, garantida en su pleno ejercicio por la ley, castigada en sus escesos por la justicia, hé ahí el órden público para los Americanos. Su espíritu limitado no se ha elevado jamás hasta esa centralizacion tutelar que hace nuestra unidad y nuestra gloria. En aquel pueblo primitivo, no se ha separado la libertad del órden público, no se la ha personificado, no la han rodeado de formidables reductos y de cañones siempre cargados. Nada de administracion jerárquica, nada de policía preventiva, nada de ordenanzas, nada de funcionarios inviolables, nada de tribunales privilejiados. Nada de esa sabia mecánica, que en las naciones civilizadas rompe toda resistencia, y traba á todo individuo. La ley todo poderosa, el ciudadano dueño y responsable de sus acciones, el funcionario reducido al derecho comun, la administracion justiciable ante los tribunales, solo el juez intérprete de la ley: hé ahí todo el sistema. Es de una sencillez ridícula. No hay en aquel embrion de gobierno sino leyes y jueces, y sin embargo, la paz y la riqueza reinan por do quier. Es una estraña burla de la fortuna que nuestros grandes políticos no han conseguido esplicar todavia. ¿Cómo no se les ha probado ya á los americanos que son felices contra todas las reglas, y que deben envidiarnos nuestras revoluciones?
Me dormí con estas bellas reflexiones.
No sé cuanto tiempo hacia que descansaba, cuando me sentí bruscamente sacudido por una mano vigorosa. A mi lado, sobre mi cama, estaba un sarjento de jendarmeria. Su vista me alegró. Un jendarme! Yo estaba en Francia, volvia á encontrar á mi patria.