—Arriba, arriba, señor Lefebvre, me gritó el sarjento, con un acento gascon que apestaba á ajos desde lejos.

Miré de cerca á aquel amable mensajero; su figura no me era desconocida. Esa mirada, esa voz, esa risa sardónica,—era el terrible espiritista, Jonatas Dream, mi enemigo. Al aspecto de aquel traidor, mi gozo se cambió en terror.

—¿Quién sois? ¿Qué quereis? pregunté yo. ¿Con qué derecho entrais de noche en casa de un pacífico ciudadano?—Mi casa es mi fortaleza.

—Silencio, paisano, respondió el jendarme. No tengamos la sinrazon de razonar con la autoridad, que no razona, puesto que siempre tiene razon. Con lo que abrió su canana y sacó un rollo de papel sellado.

—Número uno, dijo: Al señor Lefebvre; á él en persona ó á quien se diga serlo. Por haber tenido la imprudencia de criticar en un papel público á la autoridad municipal, á propósito del empedrado de la calle: se le amonesta por primera vez, esperando se corrija.

—Vaya una cosa fuerte, esclamé. En lugar de advertirme, la autoridad, haria mejor en dirijirme sus escusas y cambiar el empedrado.

—Silencio, paisano, repuso el soldado. Como particular, no niego que el empedrado sea inferior: acabo de levantar dos bestias que se cayeron frente á esta puerta; pero como jendarme, declaro que vuestra queja es tan indiscreta como importuna. Si mi coronel me dijera: Sarjento, mañana será de noche á medio dia, yo responderia: Está bien, coronel, y meteria en la sala de policia al primer pilluelo que se atreviera á negarlo. La consigna dice que el empedrado es bueno; luego debe ser bueno; solo los malévolos por malicia culpable, pueden hacerse romper la nuca intencionalmente.

—Cómo, dije indignado, ¿no tengo el derecho de criticar la autoridad que no hace su deber?

—Al contrario, paisano, repuso el sarjento, quejaos; la autoridad francesa ama bastante que se la censure; pero es necesario ser político con ella. Vos no le habeis pedido permiso para criticarla. Habeis estado grosero, querido amigo.

—Amigazo, os respeto, pero raciocinais como una canana. La autoridad ha sido hecha para nosotros, supongo, y no nosotros para la autoridad.