Y lego mi última pieza de cinco francos á la Academia de inscripciones y bellas letras, con los intereses capitalizados durante dos siglos, para que se redacte en hebreo en copto, sanscrito y siriaco, una idea, que el frances mal inclinado de nacimiento, no ha comprendido nunca, y que su idioma es impotente para espresarla: Sub lege libertas.


CAPITULO XVI.
La eleccion—El sábado.

Llegó al fin la famosa jornada del sábado 5 de Abril, que debia hacer de un parisiense de la Chausée d’Antin, un miembro de la administracion municipal de Paris en Massachusetts. A las siete de la mañana, con un tiempo espléndido, se abrieron ciento veinte escrutinios en medio de una calma solemne. A la puerta de cada oficina se veian dos largas filas de electores, que con una paciencia y una decision enteramente sajonas, esperaban el momento de ejercer su derecho soberano. Habian cesado las querellas, los enemigos de la víspera cambiaban bromas y apretones de manos. Ante la resolucion de la mayoria todos se inclinaban de antemano, reservándose tomar la revancha al año siguiente.

A medio dia se hizo el resúmen del escrutinio, la eleccion fué proclamada. Green reunió 116,735 sufrajios contra 78,622 dados á Little. Humbug obtuvo 146,327 votos, mientras que el desgraciado Fox no tuvo mas que 18,124; en fin, á pesar de algunos boletines disputados por escrutadores envidiosos, fuí nombrado por 199,999 sufrajios. Jamás inspector alguno de calles habia sido proclamado por una mayoria tan imponente. El efecto que produjo en Massachusetts fue grande, y mayor todavia en Inglaterra. Como el precio de los algodones acababa de subir, el Times declaró que los Yankees eran salvajes que no hacian elecciones sino á balazos, y sacó en conclusion que la democracia era ingobernable. El viejo Pam repitió el mismo tema en el parlamento: probó á los ingleses que eran el primer pueblo del mundo, y que, por falta de una aristocracia hereditaria, Jonatás no iba á la pretina de John Bull, verdad un poco dura, que el honrado John Bull dirijió con su modestia ordinaria, mientras votaba su mayor presupuesto.

El amable Truth fué quien me anunció mi nombramiento; sentia mucho, me dijo, no anunciar al público esta buena noticia, pero, desde la víspera habia vendido su diario á M. Eugenio Rose y se retiraba de la política.

—Haceis bien, le dije. Descansad, y largo tiempo, teneis necesidad de ello.

—Descansar no es palabra americana, me respondió con una dulce sonrisa. Jóven ó viejo, enfermo ó sano, un Yankee trabaja hasta la muerte: es el deber del hombre y del cristiano. He seguido el consejo de Humbug, he vuelto á los estudios y á los gustos de mi juventud. La iglesia congregacionalista de la calle de las Acacias me invita á ser su pastor: he aceptado. Mañana entro en las funciones.