Periodista ayer, pastor mañana, sois un hombre universal; cambias de profesion como de traje. ¿Qué sereis dentro de seis meses?
—Lo que quiera Dios, respondió el nuevo ministro. Si Humbug estuviese aqui, él que ha sido á su vez plantador en el Oeste, soldado en Méjico, abogado en Filadelfia, periodista en París, y que mañana será majistrado, os diria con una de sus citas favoritas:
Homo sum, humani nihil á me alienum puto.
Vos mismo, doctor, erais sabio el otro dia, bombero antes de ayer, candidato ayer, sois hoy dia inspector de calles; el lunes sereis médico. Me parece que cambiais de papel con bastante facilidad. Hé ahí una de las grandes virtudes de nuestro bello pais. En la vieja Europa se nace y se muere en la piel de un personaje de comedia. Toda la vida es un soldado, juez, abogado, mercader, fabricante, nunca hombre. No se tienen sino las ideas estrechas y las preocupaciones de su oficio. Aquí, la profesion poco importa, es el sobre todo que uno se pone y saca segun las ocasiones: uno es hombre ante todo y en todas partes. Ahí es donde está la raiz de esa igualdad que hace nuestra gloria y nuestra fuerza. Clay era un molinero de Kentucky, Douglas y Lincoln plantadores de Yllinois, el jeneral Banks, el muchacho de las canillas, era un enfardelador de algodon; todos han llegado á ser hombres, por que han trabajado y sufrido. El que no ha hecho ensayos con la vida no sabe lo que ella vale. La lucha contra las cosas hace la educacion de la voluntad y la sabiduria del corazon. La aristocracia producirá almas delicadas, refinadas, enfermizas; el imperio del mundo pertenece á los advenedizos. ¡El porvenir es nuestro!
—Truth, predicais á las mil maravillas. Cuando hablais siento que teneis razon; pero, cuando os habeis marchado y reuno mis recuerdos, vuestras teorias me dan miedo. Si yo tuviera la debilidad de escucharos, me hariais olvidar todo lo que mis maestros me han enseñado. No importa, mañana iremos á escucharos. Debe ser orijinal, un simple cristiano hablando á sus hermanos y esponiéndoles el Evanjelio en el lenguaje de todos los dias. No me imajino el cristianismo republicano.
Al instante que Truth se separó de mi, vinieron á buscarme para instalarme en mis nuevas funciones. Jenny, Susana, Alfredo y yo saliamos en una hermosa calesa junto con Marta, que tenia sin duda interés en vijilar mi orgullo; Enrique se puso al lado del cochero, Zambo trepó tras del coche; dos vigorosos trotones, como no se ven sino en América, nos llevaron á Montmorency, punto estremo de mi jurisdiccion. Tuvimos que detenernos mas de una vez; cada caminero estaba en su puesto, esperando al nuevo jefe; aseguré á aquellas buenas jentes mi benevolencia para con ellos, mientras mi mujer y mi hija prodigaban sus mas graciosas sonrisas. Habíamos nacido para ser príncipes. La sola cosa que me contrarió fué encontrar barreras de distancia en distancia. Reconocí en esto esa mezquindad democrática que hace pagar el servicio á los que aprovechan de él, para librar de la contríbucion á los que no hacen uso de la cosa; me prometí corregir aquel abuso, no conocido de la vieja Europa, y establecer en todas partes una igualdad triunfante. Por lo demas, este fastidio no llegaba hasta los magníficos ramos que los receptores de barreras, y los camineros ofrecian á Jenny y á Susana. El carruaje era una canasta; desaparecíamos en medio de las flores. Se nos arengaba como á reyes. Aquellas buenas jentes, que, seguramente, no sabian el hebreo, no dejaron de comparar á mi Susana con el lirio de los campos. Jenny se sonrojaba de placer, parecia una rosa esponjada. En cuanto á Marta, era una peonia; se hubiera dicho que la sangre iba á saltar de sus mejillas carmeses. Bufaba como un buey al fin del surco. ¡Oh mujeres, vuestro verdadero nombre, es vanidad! En cuanto á mi, muellemente estendido en un rincon de mi carruaje, no me dejaba embriagar por aquellos humos de la popularidad naciente; pero en mi alma, en mi conciencia, encontraba admirables los caminos; maldecia al miserable mancarron que la ante-víspera, habia tropezado en un empedrado mal conservado por camineros tan galantes.
Llegando á Montmorency, el cochero, sin haber recibido órdenes, nos llevó derecho al hotel de la Rosa, en casa de Seth, hostelero el cuácaro. Alfredo y Susana no hallaron compasion cerca de aquel amigo de la bella juventud. En lugar de tratarnos como á enamorados, nos hizo pagar doble un almuerzo demasiado malo. Reclamé; pero á su avidez natural, el hermano Seth reunia el mas insoportable de los vicios que dá la civilizacion: el pícaro era economista. Me hizo un sermon en tres partes, para demostrarme que vivir bien y barato, es la miseria de los pueblos sin comercio y sin industria, mientras que la carestia es la muestra de la civilizacion mas avanzada, la poblacion reduciendo la oferta, y la riqueza elevando la demanda. Llegará un dia en que el último de los Rothschild será el único que se encuentre en estado de pagar un huevo; ese dia marcará el apojeo de la prosperidad universal. Pagué para economizar, por lo menos tiempo y palabras. Guárdeme el cielo de discutir con esos fanáticos que no tienen mas que una idea. Conozco á los tales peregrinos. La Francia, sus arsenales, su marina, sus ejércitos, su gloria, sus derechos, todo lo entregarian al Gran Turco si él les prometiera la libertad........ de la carniceria.
Eran las cuatro cuando nuestra caravana tomó de nuevo el camino de París. Con gran sorpresa mia cerraban con barras de hierro las puertas y las ventanas de la hosteria, como si la casa estuviese de duelo. Era un modo singular de festejar la aproximacion del domingo; pero en aquel pais, hecho al reves de los demas, es prudente no asombrarse de nada. El amigo Seth venia con nosotros á la ciudad; montaba un fornido caballo, al que hacia sombra con su ancho sombrero. A su lado sobre un jumento tordo, de larga cola, trotaba Marta, erguida, derecha, severa y majestuosa como un carabinero. Eran dos batidores que marchaban delante de nosotros para anunciar á los transeuntes nuestra entrada triunfal.
Encontré al pacífico cuácaro, en la primera barrera querellándose con el receptor.
—Os digo, gritaba este último, que no pasareis sino cuando hayais pagado el derecho. Sois dos; necesito veinte y cuatro centavos y no doce.