—Amigo, respondia el hostelero, haces mal en calentarte la sangre; eso no es de un hombre racional ni de criterio. Mira tu tarifa, no me pidas mas de lo que la ley te permite exijir, de otro modo te harás culpable del crímen de concusion.

—Hé ahí la tarifa, repuso furioso el del peaje; leed vos mismo, insoportable charlatan! Ocho centavos por caballo, cuatro centavos por hombre; ¿está esto claro ó nó?

—Muy claro, dijo el cuácaro; asi tomo por testigos á estas respetables personas, que he pagado tus doce centavos.

—Y aquella mujer, dijo el receptor, señalando á Marta que trotaba adelante.

—Y bien, repuso Seth, con su imperturbable gravedad, esa mujer no es un hombre, su jumento no es un caballo, luego ella no te debe nada.

Con lo que partió al galope, dejando atónito al encargado del peaje.

—Espero, dije al receptor, que levantareis un proceso verbal contra de ese imprudente.

No, señor inspector, respondió; perderíamos nosotros. Es uno de esos pillastres astutos que haria pasar un carruaje con cuatro caballos hasta por sobre nuestras leyes, sin ser nunca multado. Tiene de su parte la letra de la tarifa.

—El espíritu de la ley lo condena, repuse; su pretension es absurda.