—Entre nosotros, señor, respondió el buen hombre, la ley no tiene espíritu. No se conoce sino el testo. Si el juez interpretára la ley, se dice, seria lejislador; el derecho y el honor de los ciudadanos no tendrian ya garantia.
—Ignorantes! esclamé. ¿No les han enseñado ni el a, b, c, de toda legislacion! Cuando hay duda en un asunto entre el fisco y un particular ¿no aprovecha la duda al fisco, que representa el interés general?
—Nunca, señor, dijo el encargado del peaje. Siempre se sentencia á favor del ciudadano. Es necesario que el señor fisco tenga dos veces razon para ganar su proceso.
—Qué hacer con semejante salvajismo? Me encojí de hombros y dí al cochero la órden de continuar su camino.
Al entrar á la ciudad creí que la habrian cambiado en mi ausencia. Las calles y las plazas estaban desiertas; tras de nosotros se estendian gruesas cadenas que impedian la circulacion. Las ventanas ofrecian un estraño espectáculo: veíanse en todos los balcones botas alineadas en batalla y presentando las zuelas á los transeuntes, si es que habia transeuntes. Siguiendo con la vista dos de aquellas botas; concluí por apercibir unas piernas humanas, despues un cuerpo caido, y en fin, un cigarro, cuyo humo azulado subia al cielo. No podia esplicarme que delito se castigaba con tan cruel suplicio; Zambo á quien interrogué diestramente, me enseñó que era el placer ó la moda. Todos los sábados á la tarde, el Yankee trata de darse una aplopejia; algunas veces llega á conseguirlo. Cuánto mas prudentes no somos nosotros, los franceses, que en nuestras salas de espectáculos no nos esponemos nunca sino á un principio de asfixia.
Una vez en casa, me entraron deseos de concluir alegremente aquel dia feliz; rogué á Susana y á Enrique que cantaran mi aire favorito: Lá ci darem la mano, del D. Juan. Susana me miró y palideció.
—¿Qué tienes? hija querida, esclamé; ¿estás enferma?
—Padre, respondió, vuestro pedido es lo que me aterra. ¿Quereis amotinar la ciudad bajo nuestras ventanas? ¿Quereis perder nuestra reputacion? ¿Olvidais que ha principiado el sábado y que nada debe turbar el reposo del Señor?
—Buen Dios, me dije, ¿á caso al transportarnos á América, el traidor de Jonathan nos habrá cambiado en judíos?—Perdon, hija mia, dije á Susana, he sufrido una distraccion; los sucesos del dia me hacen perder la memoria! Anda á buscar mi gran Hipócrates, de la biblioteca; no me disgustará hacer descansar mi cabeza leyendo un poco de griego. No hay nada mas refrescante.
Por toda respuesta, Susana se sentó sobre mis rodillas, pasó su mano por mi frente y me abrazó.