Pobre padre, dijo, ¡cuán fatigado está! Ved, mamá, ha olvidado que la noche del sábado no se lee sino la Biblia.

Decididamente, yo era judio sin saberlo. Lo que me hizo dudar un poco, fué que al abrir la Biblia de la familia, encontré en ella los Evanjelios y pude leer en San Marcos que el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. Esta palabra me hizo reflexionar, pero para no herir á nadie, guardé para mí mis reflexiones, y dejando á las dos mujeres sumidas en su piadosa lectura bajé al jardin.

La tarde estaba hermosa, los árboles exhalaban la frescura de su vejetacion naciente, el sol se ponia en una nube de oro: todo invitaba á soñar.

Me sentia cansado, entré en mi kiosco chino, me eché sobre el divan y encendí un cigarro. Habia á un lado una butaca rústica que no servia de nada, coloqué mis piernas en el respaldar, y me apercibí para mi verguenza de que la moda americana tenia mucho de buena.

Descansaba oculto detras de las persianas del kiosco, los ojos fijos maquinalmente en Zambo, que, en un rincon del jardin, machacaba pedazos de asperon para limpiar los cuchillos. El pobre muchacho estaba enteramente ocupado de su trabajo, cuando Marta salió de la cocina, como una araña que se lanza sobre una mosca.

—Hijo de Cham, dijo, quitándole el martillo de las manos, ¿qué haces ahí?

—Vos lo veis, señorita Marta, rompo piedras.

—Desgraciado, esclamó ella, violas el sábado! Zambo huyó con aire lastimero, pasó cerca de mi retiro suspirando; en seguida apercibiéndose de que el gato de la casa habia cojido un pericote!

—Cuidado, Pachá, le dijo resongando, si tú cazas ratas durante el sábado, te colgará Marta el lunes.

Reia todavia de la tonta figura del negro, cuando dos personas vinieron á sentarse en un banco que estaba colocado delante del kiosco, y tan cerca de mí; que no perdí una sola palabra de sus discursos. Reconocí al amable Seth, que aprovechaba la soledad, el sábado y la noche para hacer un sermon á la bella Marta.