—Querida hermana, decia con una gravedad grotesca y escuchándose cada una de sus palabras, hay tres cosas que me admiran sobre manera. La primera, es que los niños sean tan bobos que tiren piedras y palos á los árboles, con el objeto de bajar las frutas; si los niños se estuvieran quietos, llegaria dia en que las frutas caerian por si solas. Mi segunda admiracion, es que los hombres, en jeneral, y los americanos en particular, sean bastante locos y bastante malos para hacerse la guerra y matarse entre ellos; si se estuvieran quietos, todos se moririan naturalmente. La tercera y la última cosa que me admira, es que los jóvenes sean bastante irracionales para perder su tiempo corriendo tras de las muchachas con quienes quieren casarse, si se quedáran en sus casas é hiciéran fortuna, serian las jóvenes las que irán en busca de ellos. ¿Qué dices á esto Marta?

—Seth, digo que tienes la sabiduria del rey Salomon, pero que tambien tienes su vanidad.

—Marta, esclamó el cuácaro con voz enternecida, tienes tanto injenio como belleza.

—Seth, respondió Marta, siempre sofocada, tú no piensas en lo que dices.

—Y tú Marta, repuso el otro, no dices todo lo que piensas.

—Bravo! dije para mí; en América se aman. Es un modo de aprovechar el sábado, que no se me habia ocurrido. Este pueblo de mercaderes que todo lo calcula, y que no vive sino para enriquecerse, se ha condenado al descanso forzoso una noche por semana, á fin de pagar en ese dia la deuda de la juventud y del amor. Veamos como hará su declaracion Maese Seth.

Despues de mil rodeos, el cuácaro enamorado llegó á la palabra que, segun todas las apariencias, era esperada hacia mucho tiempo.

—Marta, dijo lanzando un profundo suspiro, Marta, ¿me amas?

—Seth, respondió la buena cristiana, ¿no nos está ordenado amarnos los unos á los otros?

—Si, Marta, pero lo que te pregunto, ¿es si tú sientes por mi algo de ese sentimiento particular que el mundo llama amor?