—No sé que responder, balbuceó la tímida paloma; siempre he tratado de amar igualmente á todos mis hermanos, pero, si es necesario confesártelo, Seth, á menudo cuando me he replegado sobre mi misma, he pensado que en esa afeccion jeneral, tú tomabas mucho mas de lo que te pertenece.

La confesion estaba hecha, no habia como desdecirse; oí, así lo creo, un besote que sellaba los esponsales cuando Marta lanzó de repente un grito de espanto y se trepó sobre el banco. Un perro enorme, un terra-nova, habíase lanzado bruscamente en medio del coloquio amoroso. Me levanté y apercibí en la sombra los dientes blancos de Zambo. El tunante reia á carcajadas; él era el que por vengarse de la cuácara, habia abierto la puerta de la casa y lanzado sobre Marta aquel tercero importuno, que la habia aterrado. Aunque me gustaba poco el cuácaro, no pude dejar de admirar su firmeza y su dulzura. Lejos de tener miedo del perro, le llamó y sacando de su bolsillo un pedazo de azúcar, lo ofreció al animal, que se dejó fácilmente seducir y acariciar.

—Amigo, dijo el santo varon, hablando al perro que lo miraba moviendo la cola, has venido á perturbarme en el momento mas dulce de mi vida; otro que yo te hubiera castigado, muerto ó habria tenido derecho de hacerlo; yo te haré ver la diferencia que hay entre un cuácaro y la jeneralidad de los hombres. Por toda venganza, me contentaré condarte un nombre feo.

Con lo que halagando al perro que saltaba tras de él para obtener un nuevo pedazo de azúcar, Seth condujo políticamente al animal hasta la puerta; en seguida cerrando de golpe la verja, gritó con todos sus pulmones: ¡Al perro rabioso! ¡al perro rabioso!

En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron todas las botas de las ventanas; millares de cabezas miraban y amenazaban al enemigo; las piedras, los palos, los muebles llovian como granizo sobre el animal; un tiro lo echó por tierra antes que llegára al estremo de la calle; cayó para no levantarse mas, lanzando un aullido que repercutió en lo íntimo de mi corazon.

Furioso agarré á Seth por el cuello y lo eché fuera.

—Miserable, le dije, no sé qué me contiene de gritar: Al cuácaro rabioso! para hacerte matar como ese pobre animal.

—Amigo Daniel, respondió maese Seth recojiendo su sombrero, nos volveremos á encontrar.

Y se marchó friamente.