—Subid á vuestro cuarto, señorita, dije á Marta. ¿Qué haceis á esta hora en el jardin?
—Dios mio, señor, dijo ella sollozando, yo no hacia nada malo: buscaba un yerno para mi madre!
Me ahogaba de cólera: Ah! esclamé, cuántas jentes hay que se dicen y que quizá se creen virtuosas que obran como aquel cobarde hipócrita! Se tienen por hombres honrados y santos por que no tocan á su enemigo, pero lo hacen á un lado, dándole un feo nombre. Calumnia! calumnia! tú no eres sino la forma del asesinato en los pueblos que hacen alarde de su civilizacion: ¡Verguenza para los miserables que se sirven de esa arma envenenada, siquiera sea para matar á un pobre perro!
Fatigado de mi elocuencia solitaria, me acosté, pero no sin pensar en la triste jornada que me prometian para el dia siguiente los primeros placeres del sábado naciente: Cuánto echaba de menos la franca alegria de los domingos parisienses. Franceses, esclamé, pueblo amable y caballeresco, deja á las naciones groceras que se glorifiquen de su industria febril y de su libertad fatigante. Arroja lejos de tí á esos indómitos demócratas, á esos soñadores melancólicos, que si los escucháras, harian de tí un rival del Inglés y del Americano. Amigo del vino, de la gloria, y de las bellas, tu lote es el mejor. Deja el imperio del mundo á esos trabajadores descoloridos que toman la vida á lo sério; conserva tu incorrejible y encantadora lijereza. Diviértete, francés; has la guerra y el amor; olvida el mundo y la política; que si reflexionas, no volverás á reir.
CAPITULO XVII.
Viaje en busca de una iglesia.
Al dia siguiente, me levanté al amanecer. Un hombre público debe dar el ejemplo, y no me disgustaba hacer admirar á los Yankees el celo y la vijilancia de su nuevo edil. Mi paseo fué largo, el empedrado me pertenecia. Seguia con ojo celoso á todos esos pasantes que encajonaban el paso en hilera como los patos, y que cavaban un surco en mis veredas. La anarquía reina en la calle; cada uno vá donde quiere y como quiere: es un escándalo; no comprendo porque no se hace una ley para obligar á las jentes á caminar segun el deseo del gobierno. A la Francia, reina del órden y de la decencia, es á quien toca correjir el último abuso.
Al llegar á casa, ví á Zambo, vestido de negro como un gentleman, con chaleco, corbata, medias y guantes de reluciente blancura. Parecia una gaviota. Apenas me reconoció, corrió á mí, ajitando impaciente los brazos.
—Amo, gritó, todo el mundo está en los oficios: despachaos, se os espera.