—Muy bien, dije lanzando un suspiro; y vos, Zambo, vais sin duda á juntaros á Marta?

—No, no, amo, esclamó: la señorita Marta es tunkeriana, yo, soy metodista. Nosotros, los pobres negros, que los blancos rechazan de sus templos, nosotros somos todos de la misma relijion.

—Comprendo, teneis una iglesia negra y un cristianismo de color. Id, amigo mio, y orad al Cristo á vuestro modo. En medio de esas sectas enemigas que se arrebatan los jirones del Evanjelio, el Señor reconocerá á los suyos. Mientras que Zambo se alejaba á grandes pasos, yo caminaba lentamente, con la cabeza agachada. El descubrimiento que acababa de hacer me aterraba. Mi casa, mi refujio en todos los sufrimientos, no era sino una Babel,—la madriguera de todas las herejías. El marido católico, la esposa anglicana, la hija presbiteriana, el hijo baptista, la sirvienta cuácara, el doméstico metodista; cada uno con una fé diferente y esperanzas contrarias! ¡Qué confusion! ¡Qué anarquía! ¡Tenia el infierno en mi hogar! Y sin embargo, Jenny me amaba con pasion, los niños no estaban contentos sinó á nuestro lado, la servidumbre me respetaba: yo no veia á mi alrededor sinó semblantes contentos y plácidos. Cada uno leia la Biblia á su modo, cada uno tenia su símbolo particular, y apesar de esto nadie reñia. En ninguna parte la unidad, en todo el amor, y la concordia. Era un desmentido dado á las ideas de mi infancia, un misterio que confundia mi razon.

—No, me dije, no consentiré ese desorden moral. Hay ahí una paz mentida; esas flores me ocultan el abismo. Si esto continúa, estoy perdido. En mi casa, ó todos piensan como yo, ó se callan; necesito la uniformidad. No importa que yo sea un cristiano mediocre; soy católico, en cuerpo y alma, en la Iglesia, en el Estado, en la familia no debe reinar sino una sola ley, una sola voluntad. Si es necesario, emplearé rigores saludables; atemorizaré á mi mujer, amenazaré á mis hijos, espulsaré á los sirvientes; sacrificaré todo por imponer la obediencia ó el silencio. Soy Francés, ¡viva la unidad!

En medio de aquellas sabias reflexiones pasaba el tiempo. Daban las diez cuando entré á la calle de las Acacias. Era una inmensa via que, en majestad y en lonjitud, no le iba en zaga á la calle de Rivoli, con esta diferencia que, de cien en cien pasos, un monumento griego, bisantino ó gótico elevaba altivamente hácia el cielo su campanario ó su cruz. En un pais donde cada uno se hace su relijion, es natural tropezar á cada paso con una iglesia.

No era fácil reconocerse en aquel dédalo. Me dirijí á una buena mujer que caminaba cerca de mi, con su libro en la mano; la rogué me indicára el templo de los congregacionalistas.

—Nada mas fácil, querido señor, respondió la vieja con una amable sonrisa. Es un poco lejos, pero con mis indicaciones llegareis sin trabajo. No hagais caso de las iglesias que estan á vuestra izquierda; el templo de los congregacionalistas está á vuestra derecha. Contad los campanarios, no podeis equivocaros. La primera iglesia, añadió, con la volubilidad de una mujer que recorre su rosario, la primera iglesia es San Pablo, la capilla católica; la segunda, el convento de las Ursulinas; la tercera, la iglesia episcopal; la cuarta, el convento de capuchinas; la quinta pertenece á los baptistas, la sesta á los Holandeses reformados; la sétima á los luteranos; la octava á los negros metodistas; la novena es la sinagoga judia; la décima es el templo chino. Vedla allí con su doble techo, y sus campanillitas. Una vez allí, no tendreis mas que descender; encontrareis los memnonitas; despues de los memnonitas, los Alemanes reformados, despues de los Alemanes reformados, los amigos ó cuácaros, despues de los cuácaros los presbiterianos; despues de los presbiterianos, los moravos, despues de los moravos los blancos metodistas; despues de los blancos metodistas; los unitarios, despues de los unitarios los unionistas; despues de los unionistas, los tunkerianos. Contad en seguida cuatro iglesias la que se intitula por exelencia de los cristianos, en seguida la iglesia libre, despues la de Swedenborg, y en fin, la de los universalistas; tendreis por todo veinte y tres templos ó capillas; el vijésimo cuarto monumento, que poco mas ó menos está á la mitad de la calle, es la iglesia congregacionalista.

Despues de haberme recitado esta retahila sin tomar aliento, la hada me hizo una graciosa reverencia y continuó su camino.

—Pardiez! me dije, si el diablo perdiera su relijion (supongo que en el infierno tienen alguna razon para creer en Dios) la encontraria en esta calle. Hé ahí un pais donde el ministerio de cultos no debe ser una prebenda! En Francia, donde el Estado no tiene mas que cuatro relijiones (no cuento la Arjelia), la administracion tiene algunas veces sus horas dificiles; pero aquí ¿cómo se hará para repartir el presupuesto y poner en paz á treinta Iglesias, que cada una tira por su lado, y que sin duda, se celan y se escomulgan cristianamente? Es este un problema que no me encargo de resolver. Viva la España! hé ahí un pueblo fiel á la tradicion y que ha conservado los verdaderos principios! El pais es un damero donde cada cosa tiene su casilla, donde el cuerpo y el alma son igual y uniformemente administrados. Gracias al matrimonio de la Iglesia y del estado, todo es fácil. Se tiene un obispo lo mismo que se tiene un prefecto, un cura lo mismo que se tiene un intendente; los funcionarios espirituales ó temporales tienen su puesto señalado en los mismos cuadros y marchan al mismo paso. Nacimiento, bautismo, educacion, comunion, conscripcion, confesion, impuestos, prensa, defuncion, entierro, todo se dá la mano. La iglesia es la autoridad, la autoridad es la iglesia. Se excomulga á los desertores y á los periodistas, se condena á galeras á los heréticos. El pueblo, ese eterno niño, es conducido de grado ó por fuerza, y sin que él se entrometa, al punto que le han escojido, sin consultarlo. Policia admirable que hacia la felicidad de la cristiandad antes que el abominable Lutero hubiese desencadenado al mismo tiempo la libertad relijiosa y la libertad civil, doble peste de la que el mundo no se curará? Desde que se ha dejado á los hombres el cuidado de su alma y de su vida, no hay ya ni relijion ni gobierno.

Llegué al convento de las Ursulinas, y entré. Encontrar de nuevo el culto de mi pais, era aproximarme á la Francia de la que me alejaba un hado celoso. La iglesia es otra patria; por lo menos, el destierro no nos espulsa de ella.