La capilla era pequeña, pero estaba ricamente decorada. En el fondo del santuario, bajo un palio de paño rojo bordado de oro, una madona de mármol tenia al niño Jesus en sus brazos, y lo miraba con la ternura inefable de una Vírjen que acaba de dar á luz al Salvador. Plantas raras, flores desconocidas, manojos de lilas blancas rodeaban el altar que resplandecia de luces. El órgano dejaba correr sus vagas armonías; el incienso se elevaba en nubes atravesadas por un rayo de sol, mientras que detrás de una reja, cubierta por una cortina, las relijiosas y las niñas cantaban con voz dulce y lenta: Inviolata, integra et casta est Maria. En un instante, y como en un sueño, volví á ver mi juventud que habia huido, mis amigos que habian desaparecido; cai de rodillas, y lloré. No, no es idolatría la relijion que llega al corazon por los sentidos: ¿porqué, pues, nuestro cuerpo no ha de servir al Señor lo mismo que nuestra alma?

Salí del convento y entré á algunos pasos de allí en la iglesia episcopal. Era la misa católica, menos bien dicha y peor cantada. A la hora de la plática, un ministro subió á una larga tribuna; tenia bajo el brazo un gran cuaderno que colocó delante de él y comenzó á hojearlo lentamente. Era un manuscrito de sermones para todos los domingos y todas las fiestas del año. Cuando el predicador hubo encontrado el discurso que buscaba, se puso sus espejuelos y en tono monótono comenzó su lectura, en medio de la profunda atencion de la asamblea. La que habia escojido, era la eterna encarnacion y la consubstanciacion del Verbo, uno de esos misterios que desafian la intelijencia humana, y ante los cuales los fieles tienen que inclinarse. Pero, nada espanta la audacia de un teólogo; con un testo, una definicion y dos silojismos, convertiria á San Pablo y suprimiria la fé.

A juzgar por el silencio que reinaba, el auditorio estaba edificado. Jenny tenia los ojos fijos en el lector y no perdia una palabra. Se hubiera dicho que comprendia hasta las citas latinas, griegas y aun hebraicas, de que la disertacion estaba rellena; no creia que la escolástica tuviese tantos encantos. Yo me marché despues del primer punto; tengo horror á esas discusiones estériles. Si se me quisiera demostrar lo que es indemostrable, me harian escéptico. Acepto el misterio; el me rodea por todas partes. En la naturaleza como en mi alma, siento el infinito que me invade, pero mi razon me dice que puedo sentirlo y no conocerlo, yo que no soy sino un átomo perdido en la inmensidad. Yo no veo la mano que me sostiene, y que sostiene tambien los mundos; me abandono á ella y la adoro. Para darse á nosotros, Dios no nos dice que lo comprendamos, nos pide que lo amemos. Pasando por delante de los Metodistas pensé en Zambo y entré por curiosidad. La reunion era numerosa y estaba bastante animada. Las negras, cubiertas de oro y de alhajas, ostentaban en los bancos la inmensa anchura de su velámen y los torbellinos de sus miriñaques; los negros cantaban con voz justa y quejumbrosa, alabando á Dios con todo el ardor de los corazones amantes. El ministro, un negro de elevada estatura y de figura respetable, tomó la palabra y pronunció un sermon que me instruyó y me conmovió. Donde habia recibido aquel negro la educacion teolójica, lo ignoro; era un antiguo esclavo, que la bondad de Dios, decia, habia rescatado de una servidumbre menos dura y menos vergonzosa que la del pecado; pero aquel esclavo habia sufrido y reflexionado: era un hombre! La vida le habia enseñado lo que no se aprende en la escuela; su lenguaje enérjico y familiar iba recto al corazon. Apercibíase uno de ello en los estremecimientos del auditorio.

Al comenzar, hizo el elojio del metodismo, relijion bendecida del Señor, decía, á juzgar por las conquistas que hacía cada dia. Enumeró estensamente el número de fieles y las riquezas de las iglesias. Cuatro millones de comulgantes, doce mil pastores, diez y seis mil templos, setenta y tres millones de propiedades, tal era el fruto de un celo que no se dormia. A la vieja Europa, que somete la Iglesia al Estado y la tiene en perpetua minoridad, él opuso la jóven América, que deja á los cristianos asi el cuidado de su culto como el de su conciencia. La libertad, decia, cuando está santificada por la relijion, hace milagros que el viejo mundo, enterrado en sus preocupaciones, no verá nunca. La Inglaterra, tan orgullosa de su opulencia, corrompe sus obispos, rodeándolos de un lujo pagano, y degrada á sus vicarios condenándolos á una miseria sin dignidad, mientras que en las Iglesias vivas de los Estados-Unidos, la jenerosa piedad de los fieles rodea de bienestar y de respeto á un ministro que todo lo debe á su grey. Un príncipe se cree un nuevo Constantino cuando por casualidad elije y dota una capilla: solo los metodistas del Norte han construido cuatrocientas cincuenta iglesias en el año de 1860. Los pobres negros de la calle de las Acacias tratan mejor á su capellan que lo que lo hacen los reyes de Occidente.

—Pero, continuó con una mezcla de agudeza y de injenuidad, ese ministro, tan bien rentado, debe pagar á los negros, que lo han elejido, una deuda que los capellanes de los príncipes no siempre chancelan. Esa deuda, es la verdad. Oid lo que la verdad me obliga á deciros. El negro tiene el corazon fácil y la mano liberal; eso es bueno, eso es cristiano, pero algunas veces lleva tan lejos su jenerosidad, que pone en peligro su alma. Nunca, direis vosotros, hemos oido semejante cosa. Se nos repite que el cristiano espone su alma cuando cede á la avaricia, cuando se abandona á la codicia; pero, ¿quién ha enseñado nunca que el hombre se pierde por exeso de jenerosidad? Hermanos mios, yo os diré cual es esa libertad pérfida; es la misma que poneis en práctica en la iglesia en el momento en que escuchais el sermon.

Si yo condenase la cólera ó la coqueteria, la borrachera ó la licencia ¿guardaria cada uno de vosotros para sí esta leccion? ¿se aprovecharia de ella?—Bien, diria uno de esos hombres que se alimenta con aguardiente, reconozco ese retrato del bebedor; es de Samuel, mi primo, de quien habla el ministro. Vaya borracho, toma todo para tí. Bien, diria una de esas bellas Madianitas que, por enriquecerse con un traje nuevo, impulsa á su marido á mentir y á engañar. El ministro tiene razon de desenmascarar los vicios de mis vecinas. Tomad señorita Debora! Recojed, señora Ichabod! Todo es para vosotras, coquetas, nada es para mí. Asi es, hermanos mios, que de mis palabras vosotros no reservais nada para vosotros mismos; el primer tercio se lo dais al prójimo, el segundo á vuestros amigos, el último á vuestro marido ó á vuestra mujer. Hé ahí el modo como la enseñanza del Señor es estéril, ved como perdeis vuestra alma por exeso de generosidad. Cristo es jeneroso, pero de otra manera; es un avaro que toma todo para sí: nuestros pecados, nuestras miserias, nuestras debilidades, nuestros sufrimientos; por eso lo vemos sobre la cruz, con la cabeza inclinada, respirando apenas como un hombre agoviado de dolor.

¿Cuando, pues, hermanos mios, cuando le reclamaremos la parte del peso que nos corresponde?

¿Cuando aliviaremos de esa carga á nuestro Redentor y á nuestro amigo, á Cristo, muerto por el esclavo y por el pecador?

A este llamamiento la asamblea se arrodilló, y, en medio de las lágrimas, una formidable Aleluya! se alzó hasta el cielo. El movimiento fué admirable; me entristeció. No soy ni aristócrata ni plantador; creo que el negro no es un mono, puesto que tiene manos y que habla; pero, despues de lo que acababa de oir, comenzé á sospechar que el negro era un hombre como yo, y quizá mejor cristiano; este pensamiento me dió miedo. ¡Zambo, hermano mio! Jesu-Cristo muerto por esas cabezas crespas! era mas de lo que podia soportar mi orgullo.

—Si eso es cierto, decíame al salir, qué clase de crimen es la esclavitud! Esa guerra cívil que arruina al Sud, ¿no será el castigo con que Dios hirió á Cain?