CAPITULO XVIII.
Un chino.
Eran las once y media, Truth debia predicar á medio dia; apresuré el paso para llegar á buena hora á la asamblea congregacionalista, pero no pude resistir al deseo de visitar el templo chino. Tenia curiosidad de ver como habian acomodado el cristianismo los hijos de Confucio en un pais donde reina la anarquia relijiosa, madre de todas las demas. Una voz secreta me decia que un viejo pueblo gastado tendria mas tino y mas sabiduria que la jeneralidad de los protestantes.
Al entrar, lanzé un grito de disgusto. Estaba en una pagoda budista frente á mi, en lo alto de una plataforma, en un nicho tallado y torneado estaba un espantoso figuron de madera pintado y dorado, con las piernas cruzadas. Era Buddha, con su vientre enorme, su cabeza calva, su chichon en la frente, sus grandes orejas y sus ojos tamaños. Cierto, soy liberal y me vanaglorio de ello. Hace treinta años que estoy suscrito al Constitutionnel, y no he cambiado desde entonces ni mas ni menos que mi diario. Como el, y sin saber porque, odio al jesuita, que es el distintivo de los espíritus fuertes; pero servirse de la libertad para entronizar la idolatria, eso es demasiado! Acepto el luteranismo, el calvinismo, el judaismo y hasta el islamismo, con tal que no salga de Arjelia; pero ir mas lejos ya no es liberalismo, es paganismo. Tanto valdria volver al culto de Mithra.
En la pagoda no habia sino dos niños, dos horribles chinitos, colocados á cada lado de la plataforma. A la manera de tostadores de café, cada uno de ellos daba vueltas á un cilindro horizontal, orlado ó mas bien mechado de una multitud de papelitos. Era un culto enteramente nuevo para mi.
El ruido de mis pasos hizo salir de una celda vecina á una especie de monje. Su túnica rojiza y remendada, sus piés desnudos, su cabeza afeitada, sus ojitos torcidos, su cutis amarillo y arrugado le daban el aspecto de una vieja disfrazada de capuchino; era un bonzo. Acercóse á mi, y sin hablar me tendió un plato de madera; puse en él una limosna para librarme de aquel mendigante.
—Gracias, hermano, me dijo en escelente inglés. Que el divino Fó,[31] recompense tu caridad. Ojalá, que en la otra vida, no renazcas jamás bajo las facciones de una mujer ó de un chacal.
Y dejándome suspenso el bonzo con su singular bendicion subió al altar, sacó de un pequeño armario algunos pedazos de papel plateado ó dorado, y los quemó bajo la nariz del ídolo.
—¿Qué haceis ahí? le pregunté.