—Hermano, respondió, acabo de cambiar la moneda de diez centavos en lingotes de oro y plata, y los he ofrecido al señor de la verdad.
—Vuestros lingotes son de papel, y no valen dos ochavos.
—¿Qué importa? dijo el monje, Fó mira la intencion, no el metal.
—Ah! si nuestros ministros de hacienda fuesen Chinos! iba á esclamar; pero guardé para mi esa refleccion temeraria, y pregunté al bonzo que hacian aquellos niños, cuyo brazo era infatigable.
—Ruegan por el mundo entero, respondió. En cada uno de esos papeles está escrita la sílaba sagrada; y diciendo esto, se prosternó gritando: OM! OM! OM! Cada uno de esos cilindros lleva un millar de esas santas divisas y hace cincuenta revoluciones por minuto, tres mil por hora, setenta y dos mil de sol á sol. Son pues, ciento cuarenta y cuatro millones de oraciones, las que se elevan cada domingo de solo este templo. Durante la semana hay muchas mas, hago dar vuelta mis cilindros á el vapor; pero el domingo, en este pais de infidelidad, hasta las máquinas observan el sábado, y me veo reducido á las manos de estos niños. Me dió horror la necia credulidad de aquel idólatra.
—¿Cómo os sufren en una tierra cristiana? esclamé. Si existiera todavia la fé en Israel, haria mucho tiempo que os habrian esterminado, sacerdotes de Baal.
—Porqué no nos han de soportar, respondió el bonzo con voz tranquila; la libertad es como el sol, luce para todo el mundo. Los Americanos envian misioneros á la China ¿porqué los Chinos no han de enviar misioneros á América? Dicen que la Francia ha hecho la guerra al hijo del Cielo solo por vengar la muerte de algunos frailes legalmente asesinados por nuestros mandarines; agregan que ha restablecido en Pekin la iglesia católica cerrada tanto tiempo há; maldigo la sangre derramada por ambas partes, mi relijion tiene horror al asesinato y no conoce mas armas que la paciencia y la dulzura; pero bendigo la libertad conquistada, y pido que les haga tan buen provecho á los chinos como á los franceses.
—¿Una pagoda en los campos Eliseos?
¿Figurones oficiales?—Buen hombre, estais loco: en Paris, no necesitamos Chinos. Tenemos bastantes........ de porcelana.
—Me parece, continuó el monje con una calma ridícula, que los derechos son recíprocos. Si es bello, si es justo abrir una capilla en Pekin ¿porqué ha de ser injusto abrir una pagoda en Paris, y predicar libremente la libertad?