(FRAGMENTO)
Cede ¡oh Dios! cede en tu ira
y mis desventuras mira
con inmensa compasión.
Derrama en mí tu luz pura,
y libra de su amargura
a mi triste corazón.
Si el dolor con su agonía
torna pura el alma mía
¡viva el dolor siempre en mí!
¡Y si es la herida honda y fiera,
más y más y más me hiera,
que quiero la muerte así!
¡Mas tanto sufrir no puedo!
Algo en mí, que me da miedo,
me es imposible arrancar...
¡Náufrago soy que, sin brío,
en medio de un mar bravío,
no logró al puerto arribar!
Está el horizonte obscuro...
El corazón inseguro
siento, templando, latir;
y el mónstruo me empuja y roza
y aunque cruel me destroza
¡me es imposible morir!
¡Terrible mar de la vida!
Fiera sirte aborrecida,
cuanto apacible falaz,
¿qué ley aquí nos encierra,
que nos tiene siempre en guerra
sin darnos nunca la paz?
¡Viene la ola! Sereno
busco una tumba en su seno
donde tranquilo dormir...
En vano, que otra ola avanza
fingiéndome una esperanza
y obligándome a vivir.
Y, sin este fin que ansío,
¿será mi destino impío
luchar y siempre luchar?
¿Existiré eternamente
combatiendo frente a frente
con las olas de este mar?
¿Habrá más horrible infierno?
¡Deseando un sueño eterno
eternamente existir!
¡Apiádate, Dios bendito,
de este dolor infinito
que tanto me hace sufrir!
Y de mi llanto deshecho
ten piedad: muerte y un lecho
prepárame con amor.
¡Tras de este vivir amargo,
dame un sueño largo, largo...
muy largo y reparador...!


[Martínez (Fray Graciano)]

Fraile agustino, muchos años residente en Filipinas, donde estuvo prisionero cuando la revolución de 1896, concluída en 1898 con la emancipación de las islas. Es asturiano, de Pola de Labiana. Dirige ahora en Madrid la revista «España y América». Editó en Manila, 1901, el libro de versos Flores de un día, en el cual se han espigado los insertos a continuación.

FILIPINAS

¡Cantara yo la espléndida techumbre
que tu suelo cobija y hermosea
como un manto tejido de alma lumbre;
ese sol que en tus cimas centellea
y en los torrentes vívidos te inunda
que su carro de luz relampaguea!
Cantara yo tu tierra floribunda,
donde en raudales inexhaustos mana.
Primavera su plétora fecunda;
esa vegetación rica y lozana
que te baña en color y poesía
como en rayos el sol a la mañana!
¡Cantara yo tu mar, tu mar bravía
que, al romper en tus plantas sus cristales
te arrulla con su bárbara armonía;

Cantara, en fin, tus brisas matinales
tus crepúsculos plácidos y hermosos,
tus magníficas noches tropicales...!
¡Cuál entonces mis versos sonorosos
como el limpio cristal de una cascada
fluyesen inspirados y armoniosos!
Como entonces mi musa arrebatada,
hasta donde tu cielo reverbera,
desde allí como alondra enamorada,
en divinas estrofas prorrumpiera
cantando de tus dones el tesoro
con ritmos de perenne primavera!
Pero los días son más bien de lloro,
no de adularte ¡oh pueblo filipino!
a los ecos de cántico sonoro.
Mientras, tal desatado torbellino
surque tu faz, el rayo de la guerra
alfombrando de escombros su camino;
mientras del llano a la escarpada sierra,
el acero traidor rompa tu entraña
y en sangre inunde tu bendita tierra:
mientras no enfrenes esa impía saña
que hoy ceba sus instintos destructores
en tantos hijos de la madre España;
mientras al Dios del Sinaí no implores
que tienda un velo a tu reciente historia,
nunca esperes ni aplausos ni loores.

¿Porqué engreirte con la vana gloria
de ver a tu Metrópoli vencida
ciñéndote el laurel de la victoria?
Aquí España cayó como el suicida
a quien del goce lúbrico el veneno
poco a poco arrancando fué la vida.
No surgió un sólo ánimo sereno,
que al presentir tu arrollador embate
se lanzase a morir honrado y bueno.
¡Sí; bien lo sabes tú! No hubo combate
en que el león ibero haya lucido
el bélico furor que en su alma late.
Por viles redes de traición perdido,
en tus manos cayó, como el cordero
en los mercados públicos vendido.
No fué el atleta histórico, el guerrero
que cae en medio de la lid sangrienta
herido al golpe de mortal acero.
¡Me estremece de horror la vil afrenta!
Espurios hijos para quienes nada
es todo el odio que en el mundo alienta,
traición hicieron a mi patria amada,
mancillando su honor, que aun esplendía
con vivos resplandores de alborada.
¡Ah! si pudiese con la sangre mía
borrar ese baldón de tu memoria...
¡Hasta la última gota vertería!

¡No! No brotó en los campos de la gloria
el árbol de tu triste independencia:
nació como un aborto de la historia,
surgió como un hedor de pestilencia,
como el miasma mefítico de un lago,
como el mal de una pútrida conciencia.
No espere nunca el lisonjero halago
de inmarchito laurel tu saña impía,
nacida para el luto y el estrago.
Ni sueñes que la gloria te sonría;
que la revolución es el castigo
que Dios a un pueblo delincuente envía.

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La fiebre de odios que tu pecho agita
ya es más que fiebre vértigo iracundo,
cráter que horrores sin cesar vomita.
¿Porqué, porqué, escandalizando al mundo,
se ensaña hasta en el mismo sacerdote
tu rencor despiadado y furibundo?
¿No temes, dí, que el exterminio brote
del seno impuro de nequicia tanta
y con sus alas de huracán te azote?

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No seas, no, como la débil hoja
que arranca a su merced el cierzo frío
que en Otoño los árboles despoja.

Sé cual la narra[43] de tu bosque umbrío
que, al ascender por el azul sereno,
lanza al baguio valiente desafío.
No desarraigues nunca de tu seno
el árbol santo que hoy tu furia ataca,
ni en tu ser inocules más veneno.