VIII

Y cien cadalsos ven en el vacío
levantando sus moles altaneras,
y ven el hacha y el ecúleo impío,
y los potros, los hierros, las hogueras,
y escuchan de los circos el gentío,
mezclando su rugir al de las fieras;
más al ver los aprestos del combate
su noble corazón con fuego late.

IX

Aunque siembren de espinas su camino
y a palmos se disputen el terreno,
cumplirán como bravos su destino,
predicando la ley del Nazareno.
¿Quién se opondrá al espíritu divino
de que su corazón se siente lleno?
Y a la Cruz santa que en sus diestras brilla
¿quién habrá que no doble la rodilla?

X

¡La Cruz! Esa es la luz que los encanta
por los tristes desiertos de la tierra.
¡La Cruz! Esa es el alma sacrosanta;
que les hace invencibles en la guerra.
Cuando, erguida en sus manos, se levanta,
los más alzados ídolos aterra.
Idolos fuertes que a los ciegos doman
tiemblan ante la cruz y se desploman.

XI

Con ella cada paso es un prodigio;
tras cada lucha un triunfo; a cada hora
cede el de Tracia al celestial prestigio,
y el de Etiopía con pasión la adora,
y el ateniense sabio, el muelle frigio,
el que de Libia en los desiertos mora,
el que se apoya en pérsicos divanes,
y el que enfrena soberbios alazanes.

XII

Y llevan sus influjos salvadores
a los centros del lujo y monopolio
a las chozas de humildes labradores,
de los romanos Césares al solio;
y hacen brillar sus célicos fulgores
sobre el negro frontón del Capitolio,
enclavando la Cruz con heroísmo
en medio el corazón del paganismo.