XIII
Y triunfarán de los verdugos fieros
de cien persecuciones al estrago,
de las garras de tigres carniceros,
de falaces serpientes al halago;
y aunque derramen, embotando aceros,
para ahogar la verdad, de sangre un lago,
que si la Cruz al lago es arrojada,
sobre el lago de sangre sobrenada.
XIV
Y vencieron. Y el Lábaro divino,
presagio de una gloria verdadera,
hizo triunfar, al par que a Constantino
la causa santa del que en él muriera.
Y tuvo desde allí mejor destino
el que un suplicio vil tan sólo fuera,
brillando con fulgores celestiales
en las mismas coronas imperiales.
XV
Arbol de vida, místico Madero
donde reina el Señor de los señores,
al pie de cuyas ramas el viajero
mitiga del camino los ardores;
lecho de las esposas del Cordero,
centro de sus purísimos amores:
¡Oh dulce Cruz donde Jesús espira!
¿Quién no te adora, si una vez te mira?
XVI
¿Quién se arrojó a tus pies, que no sintiera
la pasión sosegarse que le agita?
¿Quién no halló en ti la calma verdadera
que anhela el pecho que de amor palpita?
¿Quién no querrá abrazarte, oh Cruz bendita?
¿Quién morirá, si en tu virtud espera,
hacecillo de mirra regalado,
que nos dejó en recuerdo nuestro amado?
XVII
¡Feliz el alma que la Cruz adora,
siguiendo, amante, de Jesús la huella!
¡Feliz el que la mira cuando llora!
¡Aparece, entre lágrimas, tan bella!
¡Feliz quién llega a su postrera hora
de pies y manos enclavado en ella,
y espira donde Dios espirar quiso,
y pasa de la Cruz al Paraíso...!